Un texto y un poema grabado de Marinetti

Reproducimos un texto de FT Marinetti titulado “La necesidad de la violencia” (1910) y una grabación de 1935 de su poema “La Battaglia di Adrianopoli”, (1926).

Escucha  “La Battaglia di Adrianopoli”, (1926)

 

 

LA NECESIDAD DE LA VIOLENCIA

F. T. Marinetti, La giovane Italia, 10 de julio de 1910 y L’internazionale, 16 de julio de 1910.
Traducción y notas de Juan José Gómez y Ana Díaz. Reimpreso en “Cultura Moderna”, nº 3, Sevilla, 2008

 Me parece inútil demostrar que, debido al fulgurante desarrollo de la ciencia, con la prodigiosa conquista de las velocidades terrestres y aéreas, con la vida haciéndose cada vez mas trágica y con el ideal de una serenidad geórgica decayendo definitivamente, conviene que el corazón del hombre se familiarice cada vez más con el peligro inminente, para que las generaciones futuras puedan revigorizarse mediante un verdadero amor a este peligro.

El progreso humano exige cada vez más del alma de los jugadores de azar, del olfato de los sabuesos, de la temeraria intuición del aviador, de la sensibilidad del médium, de la predicción del poeta.

La complejidad psíquica del mundo ha aumentado sobre todo debido a la acumulación de la experiencia ofrecida por la historia, a la corrosión continua del escepticismo y de la ironía, que el periodismo internacional va llevando a cabo.

La febrilidad y la inestabilidad de las razas han llegado al punto de desbaratar cualquier cálculo de probabilidad histórica. Podría también hablaros del desgaste que sufren de repente todas las viejas fórmulas sintéticas que influenciaban el movimiento de los pueblos, todas las recetas y las panaceas de segura e inmediata felicidad. Y entonces ahonda en nosotros la convicción de que todo se complica, de que toda simplificación ideológica demostrativa o administrativa es ilusoria, y que el orden absoluto en materia política o social es absurdo.

Estamos atados a la necesidad de aceptar en nosotros y fuera de nosotros la convivencia de los elementos más contradictorios.

El pueblo no podrá por ninguna fuerza, por ninguna voluntad, renunciar jamás a sus libertades conquistadas. Renunciar a ello seria como querer servirse de la diligencia ahora que las redes ferroviarias han empequeñecido y ofrecido el mundo a cada ciudadano, como un juguete al que patear y observar.

Estas libertades individuales que se acrecientan en su desarrollo hacia una posible y deseable anarquía, deben coexistir con un principio de autoridad. Este último, para salvaguardar mejor las libertades individuales, tiende a destruirlas.

Tiene lugar, por lo tanto, una convivencia y al mismo tiempo una lucha saludable de principios hostiles, que son los diversos elementos que componen la sangre del hombre. De modo que Italia deberá avivar en sí misma cada vez más el doble fervor de una posible revolución proletaria y de una muy posible guerra patriótica.

Entre el pueblo, sinónimo de libertad creciente, y el gobierno, sinónimo de autoridad decreciente, se dan en cierto modo las relaciones a la vez amigables y antagónicas que tienen lugar entre los propietarios y los inquilinos de una casa. Se da de hecho, algo similar entre una revolución contra un gobierno culpable de tiranía o de incapacidad y la brusca mudanza de un inquilino cuando el propietario de la casa se niega a hacer las reparaciones necesarias contra los daños y la intrusión de la lluvia, el viento o los rayos, o cuando no sabe defender a los propios inquilinos de los ladrones nocturnos.

En este último caso, igual que el inquilino rescinde el contrato, así el pueblo hace la revolución.

Es necesario que cada italiano conciba claramente los fundamentos de estas dos ideas: revolución y guerra, destruyendo la estúpida retórica cobarde (asustadiza, temerosa) que la envuelve de horror, exaltando en sí y fuera de sí la idea de lucha y el desprecio a la vida, que no puede más que sublimar al hombre, dando el máximo esplendor y el máximo valor a cada instante vivido.

Yo creo, de hecho, que no importaba salvar la vida de Ferrer, magníficamente conclusa con una vigilia y una muerte heroica; pero había que impedir a toda costa el triunfo infame del oscurantismo clerical.

Desgraciadamente, la escuela, envenenada por la moral cristiana, estúpido perdón de la ofensa que ha degenerado en bellaquería sistemática, trabaja tenazmente para la castración de la raza. No se enseña nada hoy, en Italia, que no sea la obediencia supina y el miedo ante el dolor físico, y todo esto con la temblorosa colaboración de las madres italianas, que ciertamente no están hechas para preparar soldados ni revolucionarios.

Nosotros, futuristas, exaltamos en todos sitios, con la palabra y el ejemplo, la necesidad de una activísima propaganda de valor personal. Queremos que un espíritu de revuelta y de guerra circule como sangre impetuosa entre la juventud italiana.

El Estado, que tiene un origen violento, no puede sino reforzarse por este hervor rojo e impetuoso, que conservando la elasticidad de las arterias administrativas mantiene el sentido de la responsabilidad en la cabeza y en los centros gubernativos. Nosotros creemos ya infantil aquel concepto de la evolución histórica rotativa, por el cual, según el sueño de muchos imperialistas miopes, se debería fatalmente volver a una forma de gobierno tiránico y a una supina esclavitud popular. Nos figuramos, sin embargo, las evoluciones futuras de la humanidad como el movimiento oscilante e irregular de una de aquellas pintorescas ruedas de madera provistas de cubos, movidas por un cuádruple vendado, que en Oriente extraen el agua para el regadío de los huertos. Debido a la construcción primitiva de las ruedas y los cubos, el agua extraída porta consigo la arena que alza continuamente el nivel del suelo, de manera que el propio mecanismo debe ser continuamente y cada vez más elevado.

Obtendréis siempre, en el devenir de la historia, con el agua monótona de los acontecimientos, una cada vez mas creciente arena fina de libertad. De modo que ya no podemos concebir la autoridad del Estado como un freno a los deseos libertarios del pueblo: al contrario creemos que el espíritu revolucionario del pueblo debe frenar la autoridad del Estado y su espíritu conservador, síntoma de envejecimiento y de parálisis progresiva.

¿No es acaso la violencia la juventud del pueblo? El orden, el pacifismo, la moderación, el espíritu diplomático y reformista ¿no significan quizá la arteriosclerosis, la vejez y la muerte?

Sólo con la violencia se puede reconducir la idea de justicia, ya deteriorada, no a aquella noción fatal, que consiste en el derecho del más fuerte, sino a aquella sana e higiénica que consiste en el derecho del más valiente y del más desinteresado, esto es, al heroísmo.

Con esto puedo satisfacer inmediatamente a aquellos de entre vosotros que sienten más apremio por un deseo de precisión dogmática, estableciendo como única valoración moral que el bien es todo lo que hace crecer y desarrolla las actividades físicas, intelectuales, instintivas del hombre, impulsándolo a su máximo esplendor, mientras que el mal es todo lo que disminuye e interrumpe el desarrollo de estas actividades.

Del mismo modo que el pacifismo tittoniano y el miedo a la guerra han producido nuestra dolorosa esclavitud política, así el horror a la violencia y la estúpida propaganda contra el duelo pleno de bravura y no pleno de barbariehan hecho del ciudadano italiano un fantoche ridículo, maltratado por los leguleyos, que responde a un bofetón con una querella o un chantaje.

He aquí, por ejemplo, una verdad para proclamar en voz alta: quien sorprenda a la propia mujer amada o a la madre de los propios hijos en los brazos de un seductor, debe matarlos a los dos. El dilema, de hecho, es simple: si el hombre traicionado respetara la vida de su adversario ya no respetaría la suya propia. Al no matar aumentaría sus propias razones para morir.

En Sicilia, país afortunadamente rico en violencia y no por ello menos evolucionado, el adulterio es rarísimo, precisamente porque lo domina una tradición de venganzas personales.

Y aquí llegamos a uno de esos conflictos fáciles entre la autoridad estructurada y las libertades individuales, las cuales en un último análisis deben siempre vencer, por la ley ascensional hacia la anarquía que gobierna la humanidad. El principio de las sanciones jurídicas en materia de ofensas personales, por ejemplo, destruye el importantísimo sentido de dignidad fisiológica, íntimamente ligada a la psíquica, y canaliza todas las actividades humanas hacia la astucia explotadora, la usura, la tacañería y la divinidad tiránica del dinero. Así volvemos a caer por otro camino en el estanque fangoso de nuestra vida italiana actual, cuyas orillas son custodiadas por los matorrales intrincados de las leyes policiales, de los setos burocráticos, destinados a cansar y a descuartizar todo instinto humano profundo y toda rebelión legítima.

¿Quién se liberara? ¿Cuándo podremos por fin alzar el busto fuera de las aguas fangosas? ¡Ah! ¡Poderse arrancar del pecho el corazón, para al menos salvarlo, y lanzarlo lejos, más allá de los matorrales, como un objeto amado! Sobre el estanque se mofan pajarracos de presa con un monótono batir de alas. Nubes plomizas. Lejanísima, la más irónica sonrisa del más moribundo de los soles.

Desciende la aprensiva nota de un tedio y un escepticismo milenarios. Ya no están en el cielo las adorables estrellas ideales. ¿Dónde han huido? ¿Cómo hacerlas volver al cenit de Italia? Se llaman: patriotismo guerrero, revolución, heroísmo cotidiano. ¡Quizá duerman sobre las trágicas colinas de Calatafimi! ¡Quizá han muerto para siempre! ¿Qué importa? No lloremos. Hay que reconstruir, martillando con nuestra voluntad sobre los Alpes Julios, yunques blancos, los rayos que irradian violentamente de nuestros nervios…, hay que reforjar las incandescentes estrellas, para relanzarlas al cielo de Italia. […]

La fácil y descorazonadora ironía demoledora, he aquí el tercer vicio profundamente Italiano, del que deriva un desastroso misoneísmo, opuesto a toda innovación, a todo sano optimismo excitante; veneno trágico y alegre que contamina desgraciadamente la mejor parte de Italia, quiero decir las poblaciones meridionales, las más ricas en imaginación constructiva y geniales adivinaciones. Es esta ironía, hecha de epicureísmo, de espíritu mordaz y de despreocupación, la que en una puesta de sol color de fragua, delante del cementerio monumental de Milán, hace algunos años, acompasaba estúpidamente, con un ritmo alegre de parranda y de baile, la vuelta de una masa revolucionaria que había acompañado el siniestro ataúd de un obrero asesinado en un grave conflicto con las tropas.

Yo también seguí a aquella negra marea humana, espumosa de caras lívidas, sobre las cuales sobresalía, como un fúnebre bote, el ataúd que los seis portadores encorvados hacían parecer extrañamente como con piernas. Por encima, se inflaban las banderas rojas con un movimiento encendido y el respirar de fuelles normes. Llamas de antorchas, como retazos de miseria sangrante, oradores reformistas inclinados con el tridente para enfilar el pulpo viscoso del término medio. ¡Discursos de una moderación nauseabunda, capaces de hacer caer de aburrimiento a las estrellas y de disgusto a la luna, como un fúlgido escupitajo! En realidad, estábamos sumergidos en un diluvio de consejos estúpidamente paternales, y era bien justo que después de tal comedia inmunda, la multitud volviese al almuerzo a ritmo de danza, cantando el himno de los trabajadores, para acompañar un segundo féretro; no ya el de un obrero asesinado, sino el de la revolución.  

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