Enrique Tierno Galván, La intolerancia de los españoles, 1961

Artículo de Enrique Tierno (1918-1986) firmado con el  pseudónimo Simón Castilfrío. Apareció en la revista Ibérica por la libertad, editada en Nueva York por Victoria Kent y apoyada por Salvador de Madariaga, entre otros. Junto con diferentes textos figura en las Obras Completas de Enrique Tierno, compiladas bajo la dirección de Antonio Rovira y actualmente en proceso de edición.

Parece que una de las constantes de nuestra historia nacional sea la emigración masiva de personas perseguidas por razones ideológicas. No se trata de personalidades aisladas, hecho que más o menos ha ocurrido en todos los países europeos, ni de una emigración colectiva, como los aristócratas en la Revolución Francesa. Es una constante de la historia española. Se expulsa a los judíos, se expulsa a los moriscos, huyen los afrancesados, escapan como pueden los liberales al iniciarse la “década ominosa”, huyen miles de españoles al concluir la última Guerra Civil. Es incuestionable que esto es señal y efecto del predominio en la vida española de principios dogmáticos a los cuales se quiere ajustar la totalidad de la convivencia nacional. Diversos grupos de españoles defienden sus correspondientes dogmas en cuanto principios absolutos para regular toda la vida y la consecuencia es la intolerancia.

La emigración masiva por razones ideológicas ha sido una de las constantes de nuestra historia nacional El quehacer más urgente que nos concierne es luchar contra la desconfianza moral del español hacia el español

Para llegar a una situación política en la que entren todos es menester empezar a fiarse unos de otros. La tesis comodísima de que somos una excepción es por completo falsa. Somos unos europeos más.

Se puede convivir con distintas ideologías dogmáticas cuando no se pretende identificar una de ellas con la totalidad del grupo en el que se produce. En las relaciones internacionales conviven distintos principios dogmáticos, pero la relación se hace difícil o imposible cuando uno de ellos intenta ser el de todos.

No obstante, sería pueril creer que los españoles son dogmáticos por instinto, por brutalidad o simplemente por interés. He oído decir con relativa frecuencia que los españoles llevamos en la masa de la sangre la intolerancia. No se me alcanza muy bien qué es eso de la masa de la sangre, pero seguramente quiere decir una de estas cosas o quizá todas, no sé:

1. Que la organización psicosomática de los españoles les impulsa irresistiblemente a matar a quienes no piensan como piensa el grupo a que pertenece el homicida. En mi opinión es una tesis que no tiene fundamento científico suficiente.

2. Que el peso histórico de ciertas instituciones y costumbres -por ejemplo la Inquisición- ha gravitado y gravita con tanta fuerza sobre el español que crea hábitos irresistibles de intolerancia universal e indiscriminada. Siglos de intolerancia provocan la intolerancia actual.

Tampoco creo que sea exacto. Hay periodos de la historia de España en que la tolerancia llega a un punto desconocido para los demás países, aparte de que no es frecuente encontrar pueblos que olviden tan pronto como el español. En el siglo XIX, a finales, el pueblo no sabía nada de la Inquisición, el mito del antijudaísmo había desaparecido, la invasión francesa la había olvidado como fuente de rencor la mayoría del pueblo al acabar el siglo, y de la guerra con Norteamérica hoy no se acuerda nadie.

3. También se dice que la dogmática católica lleva a los españoles a la intolerancia, y admitiendo que los españoles son por definición católicos se concluye que son fanáticos e intolerantes.

A mi modo de ver, éste es un tópico con muy poco fundamento en los hechos. Es cierto que el catolicismo, como toda religión con una escatología definida, produce fanáticos, también es cierto que algunos españoles son católicos fanáticos, pero la inmensa mayoría son indiferentes en materia religiosa. Los resultados de los estudios de sociología parroquial en España han sorprendido a las propias jerarquías eclesiásticas que no sospechaban fuera tanta la indiferencia. Por otra parte, en los católicos españoles aumenta constantemente el católico liberal que no practica la intolerancia.

No parece por consiguiente aceptable que los españoles lleven la intolerancia en “la masa de la sangre”. Es una afirmación inexacta que retrotrae la cuestión a un supuesto previo y anterior. ¿Existe realmente esa intolerancia? Yo creo que sí, que existe, pero que es intolerancia de gente que, como hemos visto, no son de suyo intolerantes. En mi opinión, la intolerancia española procede del pesimismo moral de los españoles respecto de los españoles. Lo primero que se dice a una adolescente española cuando sale con amigos o compañeros es “tú no te fíes”. Al muchacho que va a estudiar a la capital le aconsejan que “no se fíe de nadie” y en el lenguaje familiar se le dice a veces, a mi juicio con exageración, “tú no te fíes ni de tu padre”.

La desconfianza moral es correlativa a una inseguridad casi absoluta. A veces el español se descuida y le quitan la novia, le birlan el empleo o coge una pulmonía, y se dice fue un descuido, que olvidó el sabio consejo de validez permanente de “tú no te fíes ni de tu padre”. La fuerza de esta desconfianza moral lleva, inexorablemente, al dogmatismo intolerante. Poco a poco, gracias a esta peculiar educación sentimental, se desconfía de todo aquel que no pertenece a la capilla, que no está en el grupo cerradísimo de personas que por necesidad han de confiar los unos en los otros. De este modo, la vida española es, en mucha parte complicidad y acecho. Confiar en estas condiciones no es confiar, es ser cómplice y de la desconfianza y la complicidad nace la continua vigilancia y sospecha que, por lo común, caracteriza la vida pública española.

Admito que esto ha ocurrido desde hace mucho tiempo, que las crónicas de la conquista de América están llenas de complicidad y desconfianza, lo mismo que nuestras contiendas interiores. Sin embargo, se puede corregir; no es irremediable. No es nuestro destino. Es la consecuencia de la falta de instituciones generadoras de confianza. Un Parlamento en el que se confíe, una Administración que ofrezca confianza, un clero que no abuse.

Pero ésta es otra cuestión y temo que el lector, si es español, esté pensando: “Para qué me habré yo fiado de este tío. Comenzó hablando de los emigrados ideológicos y ahora…”. Sin embargo, hay una relación bastante clara. Mi intención es señalar que esa constante nacional de las emigraciones ha contribuido mucho a mantener la desconfianza política y evitar que se produzca el entendimiento entre las minorías directoras españolas. El quehacer más urgente que nos concierne a los españoles de buena voluntad preocupados por el presente y el futuro de España, es luchar contra la desconfianza moral del español hacia el español. Un episodio de importancia en esta lucha es la sospecha de los españoles de dentro hacia los de fuera y viceversa.

Parece, estos datos son siempre imprecisos, que con el ejército de Napoleón salieron de España unos diez mil españoles comprometidos con la política y la Administración del rey José I. La política de persecución de Fernando VII respecto de los liberales doceañistas obligó a expatriarse a unos mil “impuros”, quizá más. El triunfo de los Cien Mil Hijos de San Luis, lanzó fuera de España a unos cuatro mil españoles, contando la gran masa de los refugiados en Inglaterra, más los que fueron a América. Es decir, en un periodo de unos diez años se expatriaron unos quince mil españoles. Muchos volvieron relativamente pronto, antes de los decretos del año 33, pero de todos modos un hecho queda en pie: al comienzo del siglo XIX España es el único país de la Europa culta que se queda sin minoría intelectual directora. Las personas que se fueron pertenecían, en su inmensa mayoría, a la clase media instruida, compuesta de funcionarios y profesiones liberales de condición preferentemente urbana. Con los franceses, por ejemplo, se fue el padre de Larra, de profesión médico. Entre los doceañistas estaba don Bartolomé José Gallardo, erudito y escritor de sobra conocido, con los que expulsaron los Cien Mil Hijos de San Luis, Don Augustín Argüelles. Este hecho de la emigración masiva explica muchas cosas de la historia contemporánea española; entre otras partes de las peculiaridades del romanticismo español. Pero no pretendo encerrarme en otra divagación que engendre desconfianza, sino señalar que los españoles de fuera de 1830 no acababan de fiarse de los españoles de dentro y viceversa, incluso militando en el mismo campo ideológico.

(…) En la historia contemporánea de España ocurre que la inmensa mayoría de los españoles de dentro coinciden, en su antagonismo respecto al Gobierno que detenta el poder, con los españoles de fuera, pero esta coincidencia no es de más alcance, porque no se fían. Temen no entenderse, y, aunque en muchos casos no se conocen, se aborrecen por la desconfianza moral que el español siente hacia sus compatriotas. Los españoles de dentro de España han vivido, nacido y crecido a veces, no en la esperanza sino en la vergüenza y la perplejidad. Son conscientes de que los mismos principios morales que dicen defender piden una actitud personal de oposición tajante a la dictadura que ejerce un hombre sin escrúpulos. Pero el transcurrir del tiempo y las necesidades de la vida les han complicado con la trama estatal directa o indirectamente. Tienen la peor de las malas conciencias, la que vive la culpa desde las ventajas de la mediocridad.

Salvo un grupo oligárquico que tiene plena conciencia de su inmoralidad, la mayoría de los españoles de las clases dirigentes no hallan compensación suficiente a la inquietud moral en las satisfacciones materiales que ofrece un orden sostenido por la fuerza al que no acompaña grandeza alguna. Se dan cuenta de que deben luchar por salir de semejante situación, pero temen. Temen muchas cosas, entre otras temen a los de fuera. No se fían. De modo que se llega incluso a pensar desde exclusividades absurdas, construyendo justificaciones históricas de las culpas de los otros. El español de dentro rastra su mala conciencia como el de fuera su impotencia, comodidad y adinamia histórica. Son dos víctimas que, antes o después, volverán a convivir.

Para llegar a esta convivencia, es decir, a una situación y estructura política en la que entren todos los españoles, es menester empezar por la buena voluntad de fiarse unos de otros. Nuestra gran conquista moral, la conquista de ultramar del futuro, ha de ser la conquista de la confianza. Yo entiendo, quizás peque de optimista, que ya ha empezado. Los jóvenes se entienden entre ellos. Se admiran y ayudan sin desconfianzas políticas ideológicas. Los menos jóvenes e incluso viejos comienzan a comprender que fiarse es esencial.

Desde luego está por encima de la voluntad de unos y otros confiar de repente y hay casos en los que la confianza jamás será posible, pero hemos de empezar, sin más dilación, a abrir el camino de la confianza. Para ello tenemos que vernos, que aumentar salidas y entradas, que colaborar, que fiarnos, en una palabra. No se trata de ese sutilísimo engaño que la propaganda del régimen llama diálogo, sino de relaciones personales que sirvan de plataforma a la futura convivencia política, entendiendo que convivir significa también discrepar. Mucho del esfuerzo y del dinero que se gastan, a veces sin criterio, en otras cosas, habrían de emplearse en esto, en conocerse y confiar.

Nada hay que lo impida, al menos por razones metafísicas. No somos los españoles gente al margen de la cultura europea, incapaces de adaptarnos a los esquemas de convivencia política comunes a los países más civilizados. Nada llevamos en la “masa de la sangre”, ni ningún encantamiento sostiene nuestros rencores. La tesis comodísima de que somos una excepción es por completo falsa. No somos más excepción que Inglaterra, Francia o Alemania comparadas entre sí. Somos unos europeos más, como en tantas ocasiones han demostrado nuestros emigrados y la propia cultura española dice. Pero el proceso de institucionalización ha sido en España muy lento y aún vivimos en la desconfianza. Parece necesaria vencerla en uno de sus aspectos más difíciles; los de “fuera” y los de “dentro”, buscando nuestros lugares comunes de entendimiento y comprensión.

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