Francisco Vargas, El violín, 2006

Alfredo Hidalgo Nieto. En pleno auge del cine mexicano, justo cuando nuestros braceros de lujo del nuevo cine picante de “Frijoliwood” se encuentran poniendo en alto nuestra bandera mediante la maquila creativa de la industria allende el otro lado, Francisco Vargas, calladamente –con una película musicalizada con silencios- logra un trabajo magistral con “El violín” (México, 2006). Se trata nada más y nada menos que una cinta galardonada con 33 premios a nivel mundial –contando y hasta la fecha-, siendo la más reconocida desde “Amores Perros” (González Iñárritu, 2000). De hecho, ambos filmes son los rodajes mexicanos –hechos con moneda azteca- más aclamados por la crítica, el público, el jurado y el periodismo mundial de toda la historia.
Por increíble que parezca, esta película apenas se estrena en México, después de haberlo hecho ya por varios países como Argentina, Brasil, Estados Unidos o Turquía, pero más increíble quizás, sea que sólo será distribuida con 20 copias, cuando por lo regular un largometraje comercial de ficción procedente de Hollywood y sin garantía de calidad, se le distribuye con 200 copias. No cabe duda que el “Poderoso Caballero”, impone a las masas conformistas las modas que sus cautivos ojos deben consumir cotidianamente.
La historia de este trabajo intrínsecamente mexicano, aunque con resonancias universales por sus simbólicas situaciones y anécdotas como la música y la guerra, se ubica en México de cualquier época “moderna”. Por supuesto que las cosas no han cambiado para sus protagonistas (los indígenas), después del logro de una Independencia (¿Para quién?), o de una Revolución interrumpida (Adolfo Gilly dixit). Y si reflexionamos un segundo, las cosas tampoco han cambiado prácticamente para el mundo rural autóctono, desde que los españoles vinieron a imponer su ley de fuego hace casi 500 años en nuestro país.
Francisco Vargas, con ésta su ópera prima basada en su anterior cortometraje del mismo nombre y con su mismo personaje principal (el músico Don Ángel Tavira), logra elucubrar una obra maestra de un tirón, desde su concepción argumental, los medios tonos de la fotografía de Martín Boege, la musicalización de sones calentanos guerrerenses de Cuauhtémoc Tavira y el sonido rulfiano de Isabel Muñoz, todos ellos colaborando para un verdadero cine de autor de Vargas, quien habría realizado anteriormente un documental sobre el mismo Don Ángel Tavira, octogenario de la sierra de Guerrero, denominado “Tierra Caliente… se mueren los que la mueven”. Ahora con este largometraje de ficción “El violín”, México se mantiene como un verdadero estandarte del cine latinoamericano, ya sea realizado con dinero del primer mundo o del tercero.
Aunque la cinta versa sobre un tema manejado en algunas ocasiones (militares en busca de guerrilleros de las montañas), de ninguna manera nos da la impresión de haber visto algo parecido como este filme. Su estilo es monocromático, pero con el efecto deseado para resaltar los sonidos del silencio campesino, los paisajes desoladores de un “Pedro Páramo”, los pensamientos internos de sus personajes, y los diálogos económicos que recuerdan las obras teatrales del británico Harold Pinter. Y más aun, Pinter tiene una pieza dramática poco conocida intitulada “La lengua de las montañas”, cuya versión mexicana adaptada por Teresa Pacheco “Los hombres sin voz” (teatro amateur del CCH, 1996, a su vez inspirada por los hechos de Chiapas en 1994), pareciera ser una de las fuentes de ilustración de esta película.
La sinopsis es sencilla, pero muy paradigmática sobre lo que acontece hoy en día, incluso los referentes aún, son los periódicos de estas fechas, nos remiten a casos como los de Zongolica, Veracruz y La Montaña, en Guerrero, donde los militares plenos de la impunidad que representan sus uniformes, ejercen la represión descerebrada sobre las pequeñas comunidades indígenas originando matanzas como en Acteal, Aguas Blancas, Ocosingo, El Charco, Oaxaca, etc. En realidad, el argumento afronta con realismo extremo, al estilo de Vitorio de Sica y Luchino Visconti en su mejor neorrealismo italiano, aunque el manejo ambiental del sonido es complementado con las cuerdas típicas de nuestro país, con ese instrumento austero adoptado por los mexicanos como una forma de ancestral: el violín, que sin él, no se comprendería el mariachi, el huapango, los sones huastecos, las bolas, el son calentano, etc.
Por lo tanto, a pesar de tratarse de un trágico y crudo retrato a rajatabla, el director mantiene un refinamiento cinematográfico, con ese apoyo histriónico de sus intérpretes, Gerardo Taracena (Ariel por coactuación masculina 2007) en su papel de Genaro –en alusión a Genaro Vázquez, guerrillero rural de los 70’s, Silverio Palacios en su rol de líder alzado, o Dagoberto Gama como el capitán militar. Sin olvidarnos –por supuesto- del eje de la cinta: el sonero y debutante como actor Don Ángel Tavira, quien representa a Plutarco Hidalgo, cuyo nombre alude a Plutarco Elías Calles “Jefe Máximo de la Revolución” y fundador del PRI –el paternalismo de una revolución que no termina de empezar, ni ha hecho justicia- por el otro lado, sugiere a Miguel Hidalgo, la inobjetable antorcha pionera de los alzamientos indígenas –como el alma entrañable de todo oprimido.
En la secuencia final, aparece el nieto de Plutarco: el niño Lucio –tomado de Lucio Cabañas, insurgente guerrerense, también de los 70’s-, quien sólo canta una crónica de las situaciones, mientras pide monedas con su hermanita. Abandonan el lugar, huérfanos y con hambre, sólo heredan una guitarra y una pistola recuperadas, caminan por la carretera, la ruta incierta para encontrar el consuelo de los muertos de siempre… los hombres sin voz.

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