Karl Liebknecht. ¿Qué quiere la Liga Espartaquista?, 1918

90 años del congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania (KPD), 30 de diciembre de 1918-1 enero 1919

La espina roja: Lo que sobre todo es necesario en este momento es tener una idea clara de los objetivos de nuestra política. Tenemos necesidad de una comprensión muy exacta de la marcha de la revolución, darnos cuenta de lo que ha sucedido hasta aquí para ver en que consistirá nuestra tarea futura.

Hasta aquí, la revolución alemana no ha sido más que un intento de poner fin a la guerra y superar sus consecuencias. Por eso su primer acto fue concluir un armisticio con las potencias enemigas y apartar a los líderes del antiguo régimen. La tarea de todos los revolucionarios consiste ahora en reforzar y ampliar sus conquistas.
Vemos que el armisticio que el gobierno actual negocia con las potencias adversarias es utilizado por estas para estrangular a Alemania. Esto es contrario a los objetivos del proletariado, puesto que tal trato no es compatible con el ideal de una paz digna y duradera.

El objetivo del proletariado alemán, como el del proletariado mundial, no es una paz provisional, basada en la violencia, sino una paz duradera, basada en el derecho. Esto no es lo que hace el go­bierno actual, el cual, conforme a su naturaleza, se esfuerza únicamente en concluir con los gobiernos imperialistas de los países de la Entente una paz provisional. No quiere afectar a los fundamentos del capital.
En tanto el capitalismo sobreviva -y esto lo saben todos los socialistas muy bien-, las guerras serán inevitables. ¿Cuáles son las causas de la guerra mundial? La dominación capitalista significa la explotación del proletariado y una ampliación creciente del capitalismo en el mercado mundial. Aquí se oponen violentamente las fuerzas capitalistas de los diferentes grupos nacionales, y el conflicto económico lleva inevitablemente al enfrentamiento de las fuerzas militares, a la guerra.

Ahora se nos quiere arrullar con la idea de la Sociedad de las Naciones, que debe conducir a una paz duradera entre los pueblos. Como socialistas, sabemos perfectamente que tal organismo no es sino una alianza que no puede disimular su carácter capitalista, que está dirigida contra el proletariado y es incapaz de garantizar una paz duradera.
La concurrencia, que esta en la base de la socie­dad capitalista, significa para nosotros, socialistas, un fratricidio; por el contrario, nosotros queremos una comunidad internacional de hombres. Unicamente el proletariado aspira a una paz durable; ja­más el imperialismo de la Entente podrá dar esta paz al proletariado alemán. Este último la obtendrá de sus hermanos de Francia, de América, de Italia. Poner fin a la guerra mundial mediante una paz duradera y digna solo es posible gracias a la acción del proletariado internacional. Esto es lo que nos enseña nuestra doctrina socialista básica.

Ahora, después de la inmensa mortandad, se trata en verdad de crear una obra sólida. La humanidad entera ha sido lanzada al crisol ardiente de la gue­rra mundial. El proletariado tiene el martillo en su mano para forjar un mundo nuevo.
No se trata solamente de la guerra y de los estragos que sufre el proletariado, sino del régimen capitalista mismo, que es la verdadera causa de la guerra. Suprimir el régimen capitalista es la única vía de salvación para el proletariado, la única que le permitirá escapar a su sombrío destino
¿Cómo puede ser alcanzado este objetivo? Para responder a esta pregunta, es necesario darse cuenta claramente de que únicamente el proletariado puede, por su propia acción, liberarse de la esclavitud. Se nos dice: la Asamblea Nacional es la vía que nos lleva a la libertad. Pero la Asamblea Na­cional no es otra cosa que la democracia política formal, no la democracia que el socialismo siempre ha exigido. El carnet del voto no es la palanca que puede levantar y voltear al régimen capitalista. Sa­bemos que un gran número de países, por ejemplo, Francia, América, Suiza, poseen desde hace largo tiempo esta democracia formal. Pero en estas democracias reina igualmente el capital.
Es evidente que en las elecciones a la Asamblea Nacional, la influencia del capital, su superioridad económica, se hará sentir en el más alto grado. Grandes masas de la población se situarán, bajo la presión de esta influencia, en contradicción con sus verdaderos intereses y darán sus votos a sus adver­sarios. Ya por esta razón la elección de una Asam­blea Nacional no será jamás una victoria de la voluntad socialista. Es completamente falso creer que la democracia parlamentaria formal crea las condiciones propias para la realización del socialismo. Por el contrario, el socialismo realizado es la condición fundamental de la existencia de una ver­dadera democracia. El proletariado revolucionario alemán no puede esperar nada de la resurrección del antiguo Reichstag bajo la nueva forma de Asam­blea Nacional, puesto que esta tendrá el mismo ca­rácter que la vieja “boutique de bavardage” de la Koenigsplatz. Seguramente encontraremos allí a todos los señores ancianos que se esforzaban antes y durante la guerra en decidir de una forma tan fatal la suerte del pueblo alemán. Es igualmente probable que en esta Asamblea Nacional los partidos burgueses tengan la mayoría. Pero incluso aunque este no fuera el caso, incluso si la Asamblea Nacional tuviese una mayoría socialista que decidiese la socialización de la economía alemana, tal decisión parlamentaria quedaría como un simple pedazo de papel y se enfrentaría a una resistencia encarnizada de parte de los capitalistas. No es con el Parlamento y con sus métodos como se puede realizar el socialismo; aquí el factor decisivo es la lucha revolucionaria del proletariado, ya que solo el podrá fundar una sociedad según sus deseos.
La sociedad capitalista no es otra cosa que la dominación más o menos velada de la violencia. Esta sociedad tiende ahora a volver a la legalidad del “orden” precedente, a desacreditar y a anular la revolución que el proletariado ha hecho, a considerarla como una acción ilegal, una especie de malentendido histórico. Pero el proletariado no ha soportado en vano los mas pesados sacrificios durante la guerra; nosotros, los pioneros de la revolución, no nos dejaremos anular. Permaneceremos en nuestro puesto hasta que hayamos instaurado el reino del socialismo.
El poder político del que el proletariado se apode-ro el 9 de noviembre le ha sido ya arrebatado en parte, y se le ha arrancado, sobre todo, el poder de colocar en los puestos mas elevados de la administración a hombres de su confianza. Incluso el militarismo, contra la dominación del cual nos alzamos, vive todavía. Conocemos perfectamente las causas que han conducido a desalojar al proletariado de sus posiciones; sabemos que los consejos de soldados, al comienzo de la revolución, no comprendieron claramente su papel. Se han deslizado en sus filas numerosos calculadores astutos, revolucionarios de ocasión, cobardes que después del hundimiento del antiguo régimen, para salvar sus existencias amenazadas, se han unido nuevamente. En numerosos casos, los consejos de soldados han confiado a tales individuos puestos importantes, haciendo así de la zorra el guardián del gallinero. Por otra parte, el gobierno actual ha restablecido el antiguo Gran Estado Mayor y ha entregado así el poder a los antiguos oficiales.
Si ahora reina el caos por toda Alemania, la culpa no incumbe a la revolución, que se ha esforzado en suprimir el poder de las clases dirigentes, a las mismas clases dirigentes y el incendio de la guerra alumbrado por estas. “El orden y la tranquilidad deben reinar” nos grita la burguesía, y esta piensa que el proletariado debe capitular para que el orden y la tranquilidad se restablezcan; que debe entregarse el poder en manos de los que, bajo la mascara de la revolución, preparan ahora la contrarrevolución. Sin duda que un movimiento revolucionario no puede deslizarse sobre un parquet encerado; existen astillas y virutas en la lucha por una sociedad nueva, por una paz duradera.
Al entregar a los generales el Alto Mando del ejército para proceder a la desmovilización, el go­bierno ha hecho esta más difícil. Sin duda que la desmovilización seria mas ordenada si se hubiese confiado a la libre disciplina de los soldados. Por el contrario, los generales, armados con la autoridad del gobierno del pueblo, han intentado por todos los medios suscitar entre los soldados el odio hacia el gobierno. Por propia decisión, los generales han disuelto los consejos de soldados, prohibido desde los primeros días de la revolución la bandera roja y ha hecho quitar esta bandera de los edificios públicos. De esto es responsable el gobierno, que, para mantener el “orden” de la burguesía, ahoga a la revolución en sangre.
Osadamente se afirma que somos nosotros los que queremos el terror, la guerra civil, la efusión de sangre; osadamente se nos sugiere que renunciemos a nuestro trabajo revolucionario, a fin de que el orden de nuestros adversarios sea restablecido. No somos nosotros los que queremos la efusión de sangre, pero si es cierto que la reacción, en cuanto tenga la menor posibilidad, no dudara ni un instante en ahogar la revolución en sangre. Recordemos la crueldad y la infamia de la que es culpable la reac­ción, y no hace tanto tiempo aun. En Ucrania se ha entregado a un trabajo de verdugo; en Finlandia ha asesinado a millares de obreros. Esta es la labor sangrienta del imperialismo alemán, cuyos portavoces nos acusan hoy en la prensa calumniosa, a los socialistas, de querer el terror y la guerra civil.
¡No! Nosotros queremos que la transformación de la sociedad y de la economía se produzcan en el orden. Si ha de haber desorden y guerra civil, la responsabilidad será únicamente de los que siempre han reforzado y ampliado su dominación y su provecho por las armas y quieren hoy poner al proletariado bajo su yugo. No es a la violencia y a la efusión de sangre a lo que llamamos al proletariado, sino a la acción revolucionaria enérgica, para poner en marcha la reconstrucción del mundo. Llamamos a las masas de soldados y de proletarios a trabajar vigorosamente para la formación de los consejos de soldados y obreros. Los llamamos a desarmar a las clases dirigentes y a armarse ellos mismos, para defender la revolución y asegurar la victoria del socialismo. Solamente así podremos asegurar la vida y el desarrollo de la revolución en interés de las clases oprimidas. El proletariado revolucionario no debe dudar un solo instante en apartar a los elementos burgueses de todas las posiciones políticas y sociales; debe tomar el mismo el poder en sus manos. Sin duda, tendremos necesidad, para conducir con éxito la socialización de la vida económica, de la colaboración de los intelectuales burgueses, de los especialistas, de los ingenieros, pero estos deben trabajar bajo el control del proletariado.
De todas nuestras acuciantes tareas, ninguna ha sido emprendida por el gobierno actual. Por el contrario, el gobierno ha hecho todo lo posible por frenar la revolución. Y ahora nos enteramos que con la colaboración del gobierno se han formado en el campo consejos de campesinos, en esta capa de la población que siempre ha sido el adversario mas retrogrado y encarnizado del proletariado, en par­ticular del proletariado rural. A todas estas maquinaciones, los revolucionarios deben oponerse enérgicamente; deben hacer uso de su poder y orientarse resueltamente en la vía del socialismo.
El primer paso en este sentido consistiría en poner todos los depósitos de armas y toda la industria de armamentos bajo el control del proletariado. A continuación, las grandes empresas industriales y agrícolas deben ser transferidas a la colectividad. No cabe la menor duda de que esta transformación socialista de la producción, dado el grado de centra­lización de esta rama de la economía, puede ser realizada bastante rápidamente. Por otra parte, poseemos un sistema de cooperativas muy desarrollado, en el cual esta interesada igualmente y sobre todo la clase media. Esto también constituye un factor favorable para la construcción eficaz del so­cialismo.
Sabemos perfectamente que esta socialización será un proceso de larga duración; no disimulamos las dificultades a las que nos enfrentamos en esta tarea, sobre todo la situación peligrosa en que nuestro pueblo se encuentra actualmente. Pero ¿quien pue­de creer seriamente que los hombres pueden elegir a su gusto el momento propicio para una revolución y para la realización del socialismo? ¡La marcha de la historia no es esa precisamente! No se trata de decir: ni hoy ni mariana nos conviene la revo lución; será pasado mañana, cuando nuevamente tengamos pan y materias primas y nuestro modo de producción capitalista este en plena marcha, será entonces cuando estaremos dispuesto a discutir la construcción del socialismo. No, esta es una concep­ción falsa y ridícula de la naturaleza de la evolución histórica.
No se puede elegir el momento propicio para una revolución ni transferir esta revolución a una fecha que nos convenga. Pues las revoluciones no son en el fondo otra cosa que grandes crisis sociales ele-mentales, cuyo estallido y desarrollo no dependen de individuos aislados y que, pasando por encima de sus cabezas, se descargan como formidables tormentas. Ya Marx nos enseñó que la revolución social debe producirse en el curso de una crisis del capitalismo. Y bien, esta guerra es precisamente una crisis, por ello ha sonado la hora del socialismo.
En la víspera de la revolución, en el curso de la famosa noche del viernes al sábado, los dirigentes de los partidos socialdemócratas dudaban de que la revolución era inminente; no querían creer que el fermento revolucionario en las masas de soldados y obreros había progresado hasta tal punto. Pero cuando percibieron que había comenzado la gran batalla acudieron todos; si no, habrían corrido el riesgo de ser desbordado por el movimiento.
Ha llegado el momento decisivo. Estúpidos y débiles serán los que lo consideren inoportuno y lamenten que haya llegado precisamente ahora. Todo depende de nuestra resolución, de nuestra voluntad revolucionaria. La gran tarea para la que nos hemos preparado desde hace tanto tiempo exige ser cumplida ahora. ¡La revolución está ahí, debe ser desencadenada! No se trata de preguntarse quien, sino como. La cuestión esta planteada, y dado que la situación en que nos encontramos es difícil, no podemos decir que este no es el momento de hacer la revolución.
Repito que no desconocemos las dificultades del momento. Ante todo, somos conscientes de que el pueblo alemán no tiene ninguna experiencia, ninguna tradición revolucionaria. Pero, por otra parte, la tarea de la socialización esta esencialmente facilitada al pueblo alemán por toda una serie de circunstancias. Los adversarios de nuestro programa nos objetan que, en una situación tan amenazante como es la de hoy, tan preocupados por el paro, por la escasez de artículos alimenticios y materias pri­mas, es imposible emprender la socialización de la economía. Pero ¿acaso el gobierno de la clase ca­pitalista, como consecuencia de una situación por lo menos tan peligrosa, no ha tornado medidas extremadamente enérgicas que han transformado por completo la producción y el consumo? Y todas estas medidas han sido tomadas para servir los fines guerreros, en interés de los militaristas y de las clases dirigentes, para permitirles subsistir.
Las medidas de economía de guerra no han podido ser aplicadas más que gracias a la autodisciplina del pueblo alemán; en su tiempo, esta autodisciplina estaba al servicio del genocidio y era contraria a los intereses del pueblo. Ahora debe servir a los intereses del pueblo y ser utilizada para transformaciones mucho mas profundas que jamás hayan sido conocidas. Al servicio del socialismo, esta autodisciplina creara la socialización. Precisamente son los social-patriotas los que han calificado estas medidas económicas de socialismo de guerra, y Scheidemann, celoso defensor de la dictadura militar, las defendió con entusiasmo. Pues bien, nosotros debemos considerar este socialismo de guerra como una transformación de nuestra vida económica, que preparara la vía de la realización de la verdadera socialización bajo el signo del socialismo.
El socialismo es inevitable, y debe venir precisa-mente porque es necesario superar el desorden del que se lamentan tanto actualmente. Pero este des­orden es insuperable en tanto continúen en sus posiciones las fuerzas económicas y políticas del capitalismo; ellas son las que han provocado el caos.
Hubiese sido deber del gobierno intervenir y actuar rápida y enérgicamente. Pero este no ha hecho avanzar ni un paso a la socialización. ¿Qué ha hecho para resolver el problema del aprovisiona-miento de la población? El gobierno ha dicho al pueblo: “Es necesario que seas prudente y que te conduzcas convenientemente, entonces Wilson te enviara alimentos”. Esto es lo que nos dice día tras día la burguesía, y la que no hace aun unos meses no encontraba palabras suficientemente injuriosas para cubrir de cieno al Presidente de los Estados Unidos, se entusiasma ahora con él y cae a sus pies llena de admiración -a fin de recibir de el alimentos-. Si, efectivamente, Wilson y sus amigos puede ser que nos ayuden, pero solamente en la medida en que esta ayuda corresponda a los intereses del capitalismo de la Entente. Ahora, todos los enemigos declarados o disimulados de la revo­lución proletaria se apresuran a glorificar a Wilson como un amigo del pueblo alemán; mas este Wilson humanitarista ha aprobado las crueles condiciones del armisticio impuestas por Folch y contribuido a aumentar hasta el infinito la miseria del pueblo. No, nosotros no creemos ni un solo instante, nos-otros, socialistas revolucionarios, en las mentiras del humanitarismo de Wilson, el cual no hace ni puede hacer otra cosa que representar de forma inteligente los intereses del capitalismo de la Entente. ¿A quien sirven, en realidad, las mentiras de la burguesía y de los social-patriotas? Sirven para persuadir al proletariado a que abandone el poder que ha conquistado por la revolución.
Nosotros no caeremos en la trampa. Colocamos nuestra política sobre el suelo de granito del prole­tariado alemán, sobre el suelo de granito del socia­lismo internacional. No conviene ni a la dignidad ni a la tarea revolucionaria del proletariado que nosotros, que hemos comenzado la revolución so­cial, confiemos en la benevolencia del capital de la Entente; nosotros contamos con la solidaridad revo­lucionaria y la combatividad de los proletarios de Francia, de Inglaterra, de Italia y de América. Los pusilánimes y los incrédulos desprovistos de todo espíritu socialista nos dicen que somos locos al esperar que estalle una revolución en los países vencedores en la guerra. ¿Qué es lo cierto? Claro está que sería estúpido pensar que en un instante, a una orden, la revolución va a estallar en los países de la Entente. La revolución mundial, nuestro objetivo y nuestra esperanza, es un proceso histórico bien complejo para que estalle golpe a golpe en unos días o en unas semanas. Los socialistas rusos han previsto la revolución alemana como consecuencia necesaria de la revolución rusa, pero un año después de que esta revolución estallara todo esta en calma en Alemania, hasta que al fin suene la hora.
Es comprensible que en estos momentos reine en los pueblos de la Entente una cierta embriaguez de triunfo. La alegría producida por el aplastamiento del militarismo alemán, por la liberación de Francia y Bélgica es tan grande que no debemos esperar, por el momento, un eco revolucionario por parte de la clase obrera de nuestros antiguos enemigos. Por otra parte, la censura existente todavía en los países de la Entente impondrá brutalmente silencio a quien llamara a unirse al proletariado revolucio­nario. Igualmente es necesario no olvidar que la política de traición criminal de los social-patriotas ha tenido por resultado romper durante la guerra los lazos internacionales del proletariado.
De hecho, ¿qué revolución esperamos nosotros de los socialistas franceses, ingleses, italianos y americanos? ¿Qué objetivo y qué carácter debe tener esta revolución? La del 9 de noviembre se impuso como tarea, en su primer estadio, el establecimiento de una república democrática y tenía un programa burgués. Nosotros sabemos muy bien que esta re­volución no ha ido más lejos: ha llegado al estadio actual de su desarrollo. Pero no es una revolución de este género la que esperamos del proletariado de los países de la Entente, por la siguiente razón: Francia, Inglaterra, América e Italia gozan, desde largo tiempo, desde decenios e incluso siglos, de estas libertades democráticas por las que nos hemos batido nosotros el 9 de noviembre. Estos países tienen una Constitución republicana, precisamente la que la Asamblea Nacional tan ensalzada debe, en primer termino, concedernos, pues la realeza en In­glaterra e Italia no es mas que un decorado sin importancia, una simple fachada. Así, nosotros no podemos pedir al proletariado de otros países que desencadenen la revolución social en tanto que nosotros no la hayamos desencadenado. Corresponde a noso­tros dar el primer paso. Cuanto más rápida y más enérgicamente dé el proletariado alemán el buen ejemplo, más rápida y más enérgicamente nos seguirá el proletariado de los países de la Entente.
Pero para que este gran proyecto del socialismo se realice, es indispensable que el proletariado conserve el poder político. Ahora no puede haber duda: lo uno o lo otro. O el capitalismo burgués se mantiene y continúa haciendo la felicidad de la humanidad con su explotación y su esclavitud asalariada y el peligro permanente de guerra que representa, o el proletariado toma conciencia de su tarea histórica y de sus intereses de clase y se decide a abolir definitivamente toda dominación de clase.
Los social-patriotas y la burguesía se esfuerzan en desviar al proletariado de su misión histórica, presentándole un cuadro horrible de los peligros de la revolución y describiéndole con los colores más sombríos la miseria, la ruina y las perturbaciones que acompañarían a la transformación de las condiciones sociales. ¡Pero esta negra pintura es trabajo perdido! Las mismas condiciones, la incapacidad en que se encuentra el capitalismo de restablecer la vida económica que el mismo ha destruido, es lo que impulsa ineluctablemente al pueblo hacia la vía de la revolución social. Si consideramos los grandes movimientos huelguísticos de los últimos días, veremos claramente que, incluso en plena re­volución, el conflicto entre la patronal y los asalariados continúa vivo. La lucha de clase proletaria proseguirá tanto tiempo como la burguesía se mantenga sobre las ruinas de su antigua dominación, y esta lucha no se detendrá más que cuando la revo­lución social haya triunfado.
Esto es lo que quiere la Liga Espartaco.
Ahora se ataca a los miembros de Espartaco por todos los medios imaginables. La prensa de la bur­guesía y de los social-patriotas, desde el Vorwarts hasta la Krezzeitung, rebosan de mentiras vergonzosas, de las mas escandalosas deformaciones y de las peores calumnias. ¿De qué se nos acusa? De proclamar el terror, de querer desencadenar una espantosa guerra civil, de prepararnos para la insu­rrección armada; en una palabra: de ser los perros sangrientos mas peligrosos y sin conciencia que haya en el mundo: mentiras fáciles de desenmascarar. Cuando al comienzo del conflicto mundial yo agrupaba en torno mío a un pequeño grupo de revolucionarios valientes y decididos a luchar contra la guerra y la embriaguez guerrera, se nos ataco por todas partes, se nos acorralo y se nos mando a prisión. Y cuando yo manifestaba abiertamente y en voz alta lo que entonces nadie se atrevía a decir y que muy pocos querían admitir, a saber: que Alemania y sus jefes políticos y militares eran responsables de la guerra, se me acuso de ser un vulgar traidor, un agente pagado por la Entente, un sin-patria que quería la ruina de Alemania. Hubiera sido más cómodo para nosotros callar o hacer coro con el chauvinismo y el militarismo. Pero nosotros preferimos decir la verdad, sin preocupamos del peligro a que nos exponíamos. Ahora todos, e incluso los que entonces se desencadenaron contra nos­otros, comprenden que teníamos razón. Ahora, después de la derrota y de los primeros días de la revolución, los ojos del pueblo se han abierto y el pueblo comprende que fue precipitado a la desgracia por sus príncipes, sus pangermanistas, sus imperialistas y sus social-patriotas. Y ahora que de nuevo elevamos la voz para mostrar al pueblo alemán la única vía que puede llevarlo a la verdadera libertad y a una paz duradera, los mismos hombres que entonces nos difamaron, a nosotros y a la ver­dad, reemprenden la misma campana de mentiras y de calumnias. Pero estos podrán babear y aullar tanto como quieran y correr tras de nosotros como perros rabiosos: seguiremos imperturbablemente nuestro recto camino, el de la revolución y el socialismo, y nos diremos: “!Muchos enemigos, mucho honor!” Pues sabemos muy bien que los mismos traidores y criminales que en 1914 engañaron al proletariado alemán, prometiéndole la victoria y la conquista, pidiéndole que se mantuviera “hasta el fin” y pactando la vergonzosa unión sagrada entre el capital y el trabajo; los mismos que intentaron ahogar la lucha revolucionaria del proletariado y reprimido cada huelga como huelga salvaje con la ayuda de su aparato sindical y de las autoridades: estos son los que ahora, en 1918, hablan de nuevo de la tregua nacional y proclaman la solidaridad de todos los partidos para la reconstrucción de nuestro Estado.
A esta nueva unión del proletariado y la burguesía, a esta traidora continuación de las mentiras de 1914 servirá la Asamblea Nacional. Esta será su ver­dadera tarea: con su ayuda se proponen ahogar por segunda vez la lucha de clase revolucionaria del proletariado. Pero nosotros sabemos que, en realidad, detrás de la Asamblea Nacional esta el viejo imperialismo alemán, el que a pesar de la derrota de Alemania no ha muerto. No, no ha muerto y, si pervive, el proletariado no recogerá los frutos de su revolución.
Esto no debe ser. El hierro esta todavía caliente, y nos falta forjarlo. ¡Ahora o nunca! O bien caemos en el viejo pantano del pasado, del que intentamos salvarnos con un impulso revolucionario, o bien proseguiremos la lucha hasta la victoria, hasta la liberación de toda la humanidad de la maldición de la esclavitud. Para que podamos acabar victoriosamente esta gran obra -la tarea mas importante y mas noble que jamás se hay a planteado la civi­lización humana-, el proletariado alemán debe instaurar su dictadura.

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