Jean-Marc Lachaud, Arte y contestación

Cultura y revolución en el mayo del 68

Viento Sur, 29/04/2008. El arte no es per natura insumiso y contestatario. Pero, en algunos contextos, debe afrontar los sobresaltos de la historia y las convulsiones que agitan al mundo real. Como reacción ante lo inaceptable o por afinidad con movimientos de emancipación que recorren la sociedad, sin renunciar por ello a su autonomía ni sin pretender tampoco transformar inmediata y concretamente el orden establecido, el arte puede ser comprometido y mostrar su potencia crítica y utópica.

En mayo-junio 1968, el mundo de las artes estuvo implicado en los acontecimientos que convulsionaron a la sociedad francesa. La Escuela de Bellas Artes de París, ocupada muy pronto, albergó el Taller Popular donde se serigrafiaron los carteles que encarnaron el espíritu de Mayo y acompañaron a estas locas jornadas. El teatro del Odeon, lugar simbólico dirigido por Jean-Louis Barrault, fue tomado y transformado en “permanencia revolucionaria” abierta a todos. El Festival de Cannes terminó prematuramente cuando algunos cineastas retiraron su film de la competición, hubo jurados que dimitieron, y resonaron en la gran sala del Palais agitados debates, animados entre otros por Jean-Luc Godard, Louis Malle y François Truffaut. En verano, el aliento de la revolución hizo temblar también al Festival de Avignon; los agitadores del Living Theatre (reivindicando a Antonin Artaud y a Bertold Brecht) escandalizaron, y las concepciones sobre el teatro popular defendidas por Jean Vilar fueron cuestionadas de forma violenta y excesiva. En todas partes, artistas y trabajadores culturales se reunían y discutían sobre el estatuto del arte (de los artistas) y su lugar (su papel) en la sociedad, proclamando la llegada de un verdadero arte-vida experimentado colectivamente, polémico frente a los poderes y festivo. Los artistas plásticos firmaron una declaración pidiendo plena libertad de creación y haciendo votos por un arte integrado en la sociedad. En Villeurbanne, Roger Planchon, reunido con los directores de las estructuras teatrales públicas, organizó una gran “conferencia” sobre el balance de la descentralización teatral, la democratización del acceso a la cultura y la cuestión de lo non–public. Los Estados Generales del cine francés exigieron la abolición de todo tipo de censura y, tras analizar los mecanismos económicos capitalistas en que se basa la industria cinematográfica, reflexionaron sobre los medios para crear otras modalidades de producción, de difusión y de explotación de los films. Aquí y allá, no sin contradicciones, pero con entusiasmo, se expresaban la necesidad y la voluntad, como lo resumió Alain Jouffroy, de “cambiar la parte más azarosa de la producción ‘artística’ en producción de ideas, de formas y de técnicas revolucionarias”, con el fin de “imaginar algo que sirviera (…) para entrar en todas las clases sociales y organizar con nuevos signos la crítica global y creadora de nuestra sociedad” (“¿Qué hacer con el Arte?”, en la obra colectiva Art y contestation).

Al mismo tiempo, en estrecha correspondencia con las reivindicaciones y los sueños que se expresaban en asambleas generales, en las manifestaciones y en las barricadas, surgieron sobre los muros de esta primavera en rebelión las cien flores de una auténtica insurrección poética. Esta creación inventiva (de inspiración surrealista y situacionista) y anónima, en un afortunado desorden expresivo lleno de humor (“Soy marxista, tendencia Groucho”), quiso terminar con el viejo mundo (“Abolición de la sociedad de clases”; “La mercancía es el opio del pueblo”;…) y decretó que había llegado el tiempo de la exigencia libertaria (“¡Sed realistas, pedid lo imposible!”; “Vivir sin tiempos muertos, gozar sin obstáculos”;…). El arte burgués y la cultura dominante estuvieron en el punto de mira de mordaces eslóganes (“El arte ha muerto, no consumáis su cadáver”; “La cultura es la inversión de la vida”; …). Junto a los carteles antes citados (concebidos por artistas como Gérard Fromanger y Bernard Rancillac, aunque también por estudiantes y militantes), otras producciones-intervenciones, tampoco firmadas –breves piezas de agit-prop, películas-panfletos (cortometrajes en 16 mm realizados, por ejemplo, por Chris Marker) y canciones (recordemos, sobre todo, la canción de los nuevos partisanos, interpretada por Dominique Grange), intentaron unir la “revolución en el arte” y la “revolución en la política”, en palabras de Mikel Dufrenne.

Este momento de rebelde efervescencia, cuando otro por-venir parecía inmediatamente posible, se producía en la encrucijada de dos décadas, los años 1960 y 1970, en las cuales, tanto en el Oeste como en el Este, se desarrolló un movimiento contestatario y antiautoritario pluridimensional (político, económico, social, contra-cultural…), cuyas perspectivas desbordaban las fronteras entre lo público y lo privado (“¡Todo es política!”). Esta época utópica expresó, retomando la tesis de Hubert Marcuse, un “gran rechazo”. Había que echar abajo el orden establecido, desde luego, pero también imaginar en una indeterminación creadora la llegada de un mundo diferente: según las dos consignas de los surrealistas en la primera mitad del siglo 20, había que “transformar el mundo” (Karl Marx) y “cambiar la vida” (Arthur Rimbaud).

En las producciones artísticas, se impone el furor por lo real. Los artistas exponen su visión del mundo; claman su indignación ante las violencias y las injusticias engendradas por el sistema, condenan las bases en que reposa el mundo administrado y afirman abiertamente su apoyo a diversas causas. Por afinidad con las luchas de liberación y de independencia llevadas a cabo por los pueblos del Tercer Mundo, haciéndose eco de las resistencias contra las dominaciones y alienaciones sufridas, y de las aspiraciones de los vencidos de la historia, en conexión con los proyectos de emancipaciòn de estos movimientos en diversos campos (incluidos la vida cotidiana y la sexualidad), producen obras cuya originalidad formal exagera a veces la carga acusadora y perturbadora. Se movilizan contra la guerra de Argelia (en 1961, Enrico Baj, Wilfredo Lam, Jean-Jacques Lebel y otros autores plásticos realizan colectivamente el Gran Cuadro Antifascista, denunciando el colonialismo francés) y contra la agresión del imperialismo americano en Vietnam (en 1967, Armand Gatti escribió una pieza titulada V de Vietnam; ese mismo año, se elevó la potente voz de Colette Magny en las canciones de su álbum titulado Vietnam 67; en 1968, durante el Salón de Pintura Joven, veinticinco artistas concibieron una Sala Roja para Vietnam). Rindieron homenaje a los combates del pasado ligándolos a los del presente (en 1971, Ernest Pignon-Ernest, con Les Gisants-La Commune (Los yacientes – La Comuna), evocó la terrible represión ejercida contra los comuneros de 1871 y la muerte de nueve manifestantes en la estación de metro Charonne, durante los enfrentamientos con la policía del 8 de febrero de 1962). Revisitaron los grandos momentos de la historia, para iluminar los retos del aquí y ahora (el Théâtre du Soleil, animado por Ariane Mnouchkine, montó dos piezas sobre la Revolución Francesa, 1789 en 1970 y 1793 en 1972) oponiéndose directamente al poder político del momento (en 1972, la Coopérative des Malassis (Cooperativa de los Mal Sentados), realizó un fresco colectivo, alegórico y corrosivo, de sesenta y cinco metros de longitud, El gran cordero asado, poniendo al desnudo sin concesiones el carácter conservador y capitalista de los regímenes de De Gaulle y Pompidou).

Junto a estos artistas comprometidos, también actuaron artistas-militantes (ya reconocidos o no en el medio artístico) para quienes intervención política y práctica artística revolucionaria eran inseparables. No se trataba sólo de crear obras políticas sino, parafraseando una frase célebre de Jean-Luc Godard (que junto a Jean-Pierre Gorin, Jean-Henri Roger y militantes maoístas, participó en la aventura del Grupo Dziga Vertov), de hacer políticamente arte. Para ello se dedicaron a poner radicalmente en crisis, a distintos niveles, los códigos estéticos tradicionales y normativos; practicaban la creación colectiva (rechazando la idea de autor, de director escénico, de realizador…, en definitiva, la división del trabajo, y operaban al lado y con los que luchaban), desbrozando inéditas perspectivas formales y actuando fuera de las paredes (en fábricas, en la calle…) de los lugares hasta entonces reservados al arte, planteando sin rodeos estas dos decisivas cuestiones: “¿Quién crea?” y “¿Para quién?”. Sus producciones eran concebidas al ritmo de los conflictos sociales; daban la palabra a los grupos sociales oprimidos y explotados –las mujeres (en 1973, la película de Marielle Issartel y de Charles Belmont, Histoires d’ A, sobre el derecho al aborto, fue censurada), los homosexuales, los inmigrantes…- y apoyaban los nuevos frentes abiertos tras Mayo (el antimilitarismo, el rechazo de lo nuclear, la reivindicación regionalista, la liberación de las costumbres…). El fondo del aire es rojo (retomando el título del film de Chris Marker, fechado en 1978) y las luchas, en su diversidad, irrumpen en un campo artístico ampliado por estas alternativas políticas y estéticas que rechazan cualquier dominación y cualquier alienación.

Hay que recordar también (porque es significativo de la complejidad de los deseos múltiples e incluso opuestos, nacidos en esta revuelta generalizada) que en estos tiempos agitados, en busca de horizontes nuevos, cuando se conjuga en fértil alboroto lo posible y lo imposible (“Si la esperanza se limita a lo posible, se reduce a un cálculo”, decía Henri Lefebvre), no faltó la fiesta (de los espíritus y de los cuerpos), para que pudiera surgir, sin tabús y con el exceso propio de cualquier desbordamiento transgresivo, un cortejo desbordado de deseos íntimos y comunitarios, al fin liberados. Jóvenes saltimbanquis rebeldes fomentaban acontecimientos improvisados (happenings, desfiles –por ejemplo, los organizadas por el Grand Mágic Circus, de Jerôme Savary-, reuniones de convivencia y hedonistas…) que reflejaban la disponibilidad reencontrada de los individuos, que esbozaban en estos actos el surgimiento de una vida verdadera, audazmente sin obstáculos. En los años 1970, las producciones artísticas (y literarias), de forma abierta o subterránea, estuvieron profundamente marcadas por estas aspiraciones eclécticas (algunas de ellas, muy pronto recuperadas o mercantilizadas). En este sentido, en palabras de Olivier Revault d’Allones, el arte exhibía, en una pluralidad de desvíos intempestivos, inimaginables “promesas de la libertad”.

En los años 1980, con el hundimiento de los grandes relatos y la entrada en la era posmoderna, ante el nuevo credo impuesto por una restauración conservadora y revanchista y las desilusiones favorecidas por la orientación política de la izquierda en el poder, el arte pareció separarse de cualquier proyecto revolucionario y abandonar el terreno de la contestación política. Sin embargo, en los años 1990, con la irrupción de nuevos movimientos sociales opuestos a las fechorías del neoliberalismo triunfante, con el desarrollo del militantismo altermundista, el arte, aún sin reactivar los modelos y las formas artísticas de los años 1960 y 1970, desplegó de nuevo, usando estrategias diversas (más modestas, sin duda, vista la potencia acentuada de las instituciones y la tendencia a la disolución del arte en el “todo es cultura”), su capacidad de resistencia y denuncia; aunque no sin ambigüedades, como lo subraya Jacques Rancière, que evoca con razón los límites de lo que llama el giro ético (basado en el consenso) de la estética.

Traducción: VIENTO SUR

Referencias bibliográficas

Art et contestation, obra colectiva, Bruxelles, La Connaissance, 1968.

Christian Biet et Olivier Neveux (dir.), Théâtre et cinéma militants (1966-1981).

Une histoire critique du spectacle militant, Vic-la-Gardole, L’Entretemps, 2007.

Mikel Dufrenne, Art et politique, Paris, UGE, 1974.

Jean-Marc Lachaud (dir.), Art et politique, Paris, L’Harmattan, 2006.

Michel Lévy (coord.), Interdit d’interdire : les murs de mai 1968, Paris, L’esprit frappeur, 1998.

Mai 1968, affiches, prefacio de Jean Cassou, Paris, Tchou, 1968

Jacques Rancière, Malaise dans l’esthétique, Paris, Galilée, 2004.

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Una respuesta

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