Luis Miguel Rionda, Democracia, consenso y legitimidad: los déficits de la política

Durante décadas, la discusión mundial en torno a las alternativas de organización y representación sociales se centró en la tensión esencial entre dos polos político-conceptuales contrapuestos: la democracia liberal versus el socialismo planificador.

Setenta años de polaridad acostumbraron al analista de lo social a percibir los hechos políticos como necesariamente incrustados dentro de un esquema unilineal simplista, que impedía concebir la posibilidad de terceras opciones y reducía la riqueza y variedad de la organización política humana.

Esta situación ha ido cambiando radicalmente. La democracia se ha tornado en el foco de atención privilegiado en estos últimos años y el debate se revitaliza en esta época de profunda revisión de los esquemas políticos.

La discusión sobre la democracia promete generar opciones de participación social novedosas y permite alentar una visión optimista sobre el futuro político que se plantea ahora

Luis Miguel Rionda, Universidad de Guanajuato. Durante décadas, la discusión mundial en torno a las alternativas de organización y representación sociales se había centrado en la tensión esencial entre dos polos político-conceptuales contrapuestos: la democracia liberal versus el socialismo planificador.

Estas alternativas excluyentes se mostraban a sí mismas como resultado último y definitivo del desarrollo social humano.

Sus premisas se apuntalaban en dualidades contrapuestas fundamentales como “libertad” vs. “control”, “solidaridad” vs. “justicia”, “individuo” vs. “comunidad”, “valores inmediatos” vs. “valores últimos”, “leyes del mercado” vs. “planeación”, “moral privada” vs. “moral pública”, “estructura” vs. “proceso”, etcétera.

Setenta años de polaridad -a partir del primer ensayo de la vía socialista- acostumbraron al analista de lo social, demasiado inmerso en el contexto que le rodeaba, a percibir los hechos políticos como necesariamente incrustados dentro de un esquema unilineal simplista: un vector entre dos extremos, que impedía concebir la posibilidad de terceras opciones y que reducía o desconocía la riqueza y la variedad en la organización política humana, a pesar de las crecientes evidencias aportadas por el conocimiento histórico y antropológico de las sociedades preindustriales que se acumuló en este siglo.

En el campo de la economía política liberal, los tópicos de la discusión clásica acerca de la acción política habían sido rebasados desde el surgimiento de los grandes movimientos sociales del siglo pasado.

Como nunca antes, en el siglo del capitalismo industrial-financiero lo económico se percibió tan íntimamente enlazado con lo político-ideológico que parecía confirmarse la convicción materialista de que esta esfera era determinada unilateral e invariablemente por aquélla.

En contraste, los teóricos liberales, partiendo del esquema dialéctico hegeliano donde la intangible Idea es el punto de partida para el entendimiento-apropiación de la Naturaleza -con lo que se desarrolla la Conciencia, o sea la materia consciente en sí y para sí: el Hombre-, perciben a la sociedad como una entidad donde la libertad individual desencadena actitudes de competencia y productividad (Weber 1979; Laski 1939; Schumpeter 1983), con lo que se aseguran las tendencias autorregulables del sistema económico y se consolidan las libertades (Mill 1984).

Esta radical discusión marcó, en definitiva, toda una época en los anales de la historia de las doctrinas políticas. Con facilidad se le podría adjudicar el membrete de la “era de los absolutos” y de las posturas irreconciliablemente convencidas de su calidad de detentadoras de la verdad y de la fórmula última para la buena y justa convivencia humana.

Esta situación ha ido cambiando radicalmente. La democracia, máxima expresión del sistema representativo, se ha tornado en el foco de atención privilegiado en estos últimos años, sobre todo a partir de la profunda crisis en que cayó el mundo socialista a fines de los ochenta.

El debate sobre la democracia se revitaliza y se le despoja de parte de su carga valorativa o adjetiva “democracia burguesa”, “democracia popular”, “democracia socialista”.

A esta época de profunda revisión de los esquemas políticos corresponden los acercamientos de Giovanni Sartori (1988), Umberto Cerroni (1991) y Anthony Arblaster (1991), textos que abordaremos privilegiadamente en este trabajo.

La democracia frente al Marxismo y el Liberalismo

El periodo comprendido entre 1985 y 1992, desde el ascenso de Gorbachov hasta la disolución de la Unión Soviética, fue teatro de una profunda alteración de la distribución del poder mundial y de los esquemas político-económicos contrapuestos.

Las crecientes contradicciones gestadas en el campo socialista hicieron insostenible la permanencia de un sistema que, aunque asumiéndose democrático en el sentido de contar con instrumentos de representación popular de nivel intermedio como los soviets, no se había comprometido con los métodos tradicionales de legitimación de la autoridad por medio del sufragio que caracterizan a la democracia representativa, en parte por considerar que los partidos políticos y la lucha electoral son crecientemente innecesarios en la construcción de una sociedad sin clases (Sartori: 564-566).

Dentro del contexto maniqueo en que se desarrollaron las ciencias sociales a lo largo del siglo XX, el materialismo histórico y particularmente el leninismo había asumido una actitud ambivalente ante la democracia, a la que concibió como una expresión ideológica y mediatizante de las desiguales relaciones sociales de producción impuestas por el modo de producción capitalista.

Aunque, por otra parte, no faltan en Marx, Engels y Lenin las referencias a la democracia como un sistema de vida -más allá de concebirla como un sistema de representación política , que eventualmente sería compatible con el socialismo, como veremos más adelante (Sartori: 546).

Según los planteamientos ortodoxos marxistas, definidos a partir de la línea pragmática de Lenin, las sociedades capitalistas metropolitanas desarrollan aparatos políticos de Estado los partidos donde se coarta la representación auténtica de las clases productivas, gracias tanto a métodos de selección preelectorales internos a los partidos como a procedimientos en la elección misma; todo ello como estrategias de clase que impiden el acceso efectivo al poder por parte de los representantes del proletariado.

En contraste, dentro de la retórica leninista la sociedad socialista se traducía en primera instancia en una “democracia popular”, aunque aún lejos del ideal del comunismo: una sociedad donde el Estado se extinguiría y con él el poder político como “la violencia organizada de una clase para la opresión de otra” (Marx y Engels 1973)

La democracia actual, como forma de Estado y como “la mejor envoltura política de que puede revestirse el capitalismo” (Lenin 1918), también desaparecerá “se extinguirá” por innecesaria en una sociedad sin clases.

No obstante, la liberación económica de las clases subalternas es la mejor forma de asegurar la liberación política y con ello la mejor de las democracias, en su sentido etimológico:

[…] el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. (Marx 1973: 59)

[…] la democracia, llevada a la práctica del modo más completo y consecuente que puede concebirse, se convierte de democracia burguesa en democracia proletaria, de un Estado (fuerza especial de represión de una determinada clase) en algo que ya no es un Estado propiamente dicho. […] el paso del capitalismo al socialismo es imposible sin un cierto ‘retorno’ a la democracia ‘primitiva’. (Lenin 1918: 303 y 304)

Los marxistas del siglo XX, siguiendo a Lenin, asumieron el término “democracia” en dos sentidos: en primer lugar como un esquema político particular al desarrollo del capitalismo monopólico, por lo que mejor se referían a la misma como democracia burguesa o liberal

Sin embargo, no desconocieron el sentido primigenio del término, desprovisto de nexos con sistema productivo alguno, donde sencillamente las decisiones e intereses de las mayorías privan sobre los de las minorías, y por ello tuvieron la convicción de que

[…] una democracia llevada hasta sus últimas consecuencias es imposible bajo el capitalismo, y bajo el socialismo toda democracia (burguesa) se extingue. (Lenin 1918: 331)

La democracia no es idéntica a la subordinación de la minoría a la mayoría. Democracia es el Estado que reconoce la subordinación de la minoría a la mayoría, es decir, una organización llamada a ejercer la violencia sistemática de una clase contra otra, de una parte de la población contra otra. (Pero) No esperamos el advenimiento de un orden social en el que no se acate el principio de subordinación de la minoría a la mayoría. (Lenin 1918: 334)

Así, la extinción de la democracia como organización estatal es resultado de la cancelación de relaciones de dominio entre clases sociales, lo que vuelve trivial e innecesario al aparato político de la representación.

La desaparición de las relaciones desiguales implica la implantación de la democracia como forma de vida donde impera el interés de la mayoría más auténtica, similar a la “democracia primitiva” de los pueblos sin Estado.

En el sentido de diferenciar la democracia en su acepción original etimológica, clásica de la que asume como sistema político representativo en el capitalismo, coincidieron autores liberales como Max Weber, para quien

El ‘demos’, en el sentido de una masa inarticulada, no ‘gobierna’ nunca en las sociedades numerosas por sí mismo, sino que es gobernado, cambiando sólo la forma de selección de los jefes de gobierno y la proporción de la influencia que puede ejercer […] la ‘democratización’ no debe significar necesariamente el aumento de la participación activa de los dominados en el dominio dentro de la organización considerada.

Y Giovanni Sartori marca aún más esa diferencia:

La democracia moderna es enteramente diferente [de la griega]: no se basa en la participación, sino en la representación; no supone el ejercicio directo del poder, sino la delegación del poder; no es, en resumen, un sistema de autogobierno, sino un sistema de limitación y control del gobierno.

Idea clave 1

Para el liberalismo el sistema “democrático” o “poliárquico” es una forma de garantizar la ingerencia de los grandes grupos de la población en la toma de decisiones administrativo-burocráticas, pero por medios indirectos fundamentados en la legitimación por medio del sufragio universal.

Para el marxismo no es más que una estrategia de la burguesía para alienar a las clases mayoritarias y canalizar por vías controladas el descontento popular.

La democracia ¿estado de cultura o sistema participativo?

Si se pasa a la discusión contemporánea, es conocido que la tradición italiana de análisis político ha sido rica y dinámica sobre esta temática.

En esta tradición encontramos especímenes de todas las tendencias, pero indudablemente es su vertiente marxista Gramsci, Coletti la que había ocupado preferentemente la atención de los estudiosos de lo político en México y América Latina hasta la década de 1980.

El politólogo italiano Umberto Cerroni es uno de los analistas que más han aportado a la construcción de una teoría de la democracia más acorde a la nueva realidad política mundial.

Su propuesta básica se encuadra en la naciente tradición de la búsqueda de una pretendida “democracia sin adjetivos” para la que sobran los calificativos que este siglo le ha endilgado, como “liberal”, “burgués”, “socialista” o “popular”.

Así, Cerroni parte de la convicción de una inocuidad ideológica de la democracia, a la que reduce a un simple esquema técnico para la delegación pacífica y normada de la soberanía del conjunto social, que es recibida por representantes o autoridades, legitimadas así por este proceso.

Idea clave 2

La democracia debe aspirar a la construcción de un “Estado de Cultura” que le permita rebasar su carácter instrumental e instaurarse como sistema de vida.

En contraste, Sartori asume el término “democracia” como una abreviatura de “democracia liberal” y a lo largo de su texto se involucra recurrentemente en una intensa y bien llevada polémica con el marxismo y los marxistas.

Su propuesta principal reside en la asunción de la “democracia participativa” mediante la revitalización de los organismos intermedios de toma de decisiones, como son las asambleas, pero sobre todo los comités.

A través de la “teoría de los juegos” pondera los costos y los riesgos externos de los sistemas democráticos para demostrar la pertinencia de los grupos intermedios de decisión, donde la participación es la más amplia posible, pero sin entorpecer la toma expedita de decisiones.

La “democracia formal” ética, moral, legalista debe atemperar las desviaciones de la “democracia real” pragmática, no participativa y buscar un justo medio, que para Sartori lo constituyen esos mecanismos intermedios.

Ahora bien, Sartoni asegura que sólo a partir de la década de 1950, con el incremento del influjo del marxismo en los ámbitos académicos, se popularizó la distinción al menos en el plano teórico entre el concepto clásico de “democracia” y la existencia de una supuesta “democracia capitalista” burguesa y retardataria (1988: 12 ss).

Esto, en opinión de ese autor, vinculó inadecuadamente a la democracia a un sistema de producción material específico, asignándole el papel de expresión ideológica alienante de claros intereses de clase.

También a partir de entonces la palabra “democracia” se degradó al convertirse en un término confuso e indefinido: “el gobierno del pueblo” ¿qué es el pueblo? , por lo que este autor, siguiendo a Robert Dahl, llega a aventurar el término “poliarquía” (1974: 489; 1988: 26), refiriéndose al “ser” social, para distinguirlo de aquel concepto, que reserva para el “deber ser”.

Ahora bien, la democracia es sólo una “técnica histórica”, desprovista de más ideología que la preeminencia de la mayoría con el respeto de la minoría, dice Umberto Cerroni, la que ha desplegado sus potencialidades sólo a partir de la instauración de una sociedad donde este método de convivencia social ha trascendido paulatina o abruptamente desde un “Estado de Derecho” formal, ideal hacia un “Estado de Cultura” a través de la educación y la investigación científica, forjadores de nuevas generaciones para los que la democracia es ya un ethos.

En esto coincide Anthony Arblaster, la democracia participativa tiene consecuencias para la vida social y es mejor considerarla un modo de vida, más que un mecanismo electoral o un sistema político.

Idea clave 3

La democracia, como sistema de vida, no implica una simple sumatoria de intereses individuales o la búsqueda de la satisfacción de las aspiraciones de todos; se trata de una síntesis dialéctica de esos intereses en un superior interés colectivo, que muchas veces puede diferir de la voluntad mayoritaria.

Es aquí donde intervienen los sistemas representativos de la democracia y sus métodos consensuales.

La democracia representativa sólo se desarrolla cabalmente en el Estado moderno. ¿Y en qué consiste dicho Estado? Cerroni niega la existencia de sociedades preestatales y señala la confusión teórica que en ello ha introducido el uso de conceptos subsidiarios como el “poder” y el “dominio” weberianos.

El Estado preindustrial sólo requiere de una población y un territorio, con lo cual es suficiente para desarrollar formas organizativas donde se establecen relaciones de subordinación.

En el Estado moderno encontramos la confluencia de tres elementos, que pueden darse consecutiva o paralelamente: una identidad nacional, una soberanía territorial y una representación, factores impensables en la Europa de este milenio antes del derrumbe del sistema feudal, y también ausentes en un país como México en el siglo pasado, en que se instauró la democracia sobre todo en cuanto a identidad y representación.

La convivencia democrática moderna implica el establecimiento de ese Estado representativo, dentro del cual se determinan y orientan modelos ideales de conducta a través de la ley y un sistema disuasivo o persecutorio: la fuerza pública.

La democracia hace así uso de los recursos del consenso y de la fuerza, dice Cerroni, pero bajo un esquema regulado por la ley. Complementemos con una sugerente idea de Sartori: en la democracia se discute, pero primero que nada discutimos cómo discutir.

La soberanía y la autoridad que conlleva son delegadas a representantes, y para ello el recurso y correa de transmisión por excelencia es el sufragio, es decir, los procesos electorales, sin los cuales el sistema es vacuo, no democrático.

La acción de la democracia va a girar en torno al propiciamiento y canalización del consenso social, sin importar los proyectos sociales específicos de las diversas tendencias ideológicas que se enfrenten en el marco de sus procedimientos, pretendidamente imparciales.

Idea clave 4

En este sentido, la democracia es el esquema donde se concreta la expresión política de la sociedad: el Estado.

Cerroni asegura que la tradicional distinción entre Estado y sociedad es arbitraria en su opinión ésta es muy socorrida por los antropólogos y le parece aplicable sólo en el caso de la sociedad industrial, lo que equivale a asegurar que únicamente en este caso pueden diferenciarse claramente las esferas de lo político y lo social, gracias sobre todo a la profesionalización de los cuadros políticos.

Desde este punto de vista, vale la pena mencionar como ejemplo extremo las aseveraciones contundentes del antropólogo estructuralista Pierre Clastres (1981): “las sociedades primitivas son las sociedades sin Estado” donde “el poder no está separado de la sociedad” gracias a lo cual no existen en ellas clases ni dominación.

En verdad es simplista emitir una aseveración como ésta, pues no hay sociedad sin una organización jerárquica en base a edad, parentesco, bienes concretada en sus líderes, con una identidad evidente y un territorio definido: el embrión de un Estado, siguiendo a Cerroni.

Ahora bien, sabemos que la democracia es el régimen de mayoría, pero no de una mayoría despóticamente dominadora del resto del conjunto social.

El espíritu del Estado democrático, según Sartori, se fundamenta en el principio de la mayoría limitada, que respeta y reconoce los derechos de las minorías, entre los cuales se encuentra el derecho a convertirse eventualmente en nueva mayoría (1988: 55-58).

El grupo social pervive en un permanente estado de tensión entre el Ser individual, que defiende su libertad, y el Deber Ser colectivo, que se expresa en la Ley y se apoya en la coerción moral o física que ejerce la Fuerza.

Entre ambas se ubican las instituciones jurídico-políticas, que disponen de la capacidad para garantizar la cohesión social. Estas instituciones son la objetivación del Estado.

Idea clave 5

Con todo, el Estado no es un objeto independiente de la sociedad, sino consustancial a ésta y, en la medida de su representatividad democrática, una expresión muy cercana a las aspiraciones de todos los grupos sociales.

El Estado moderno surge de procesos de elección basados en el sufragio universal que incluye mujeres, jóvenes, trabajadores o minorías . Sin esta condición no nos encontramos aún ante un Estado plenamente desarrollado en sus potencialidades contemporáneas, dice Cerroni.

Pero también en la medida en que ese sufragio se exprese por medio de técnicas depuradas y confiables se avanza en la maduración del sistema representativo.

Ahora bien, aunque en la democracia moderna todas las voces se pueden expresar libremente, no todas son atendidas: tan sólo las de la mayoría. Pero esta mayoría se involucra en una dinámica de concesiones parciales a las minorías, sin las cuales no se garantiza la gobernabilidad.

La soberanía en las sociedades preindustriales recaía en la divinidad, recuerda Cerroni, que la delegaba en la figura de un rey o sacerdote.

El Estado contemporáneo es laico en el sentido de desprender dicha soberanía del pueblo, que la cede a sus representantes electos por medio de sufragio universal. Ese Estado deberá propugnar por un consenso hacia sus acciones que le dé legitimidad y asegure su estabilidad.

Idea clave 6

La mejor vía para la construcción de una voluntad política común es el involucramiento de los representantes de la sociedad en la elaboración del marco normativo: las “reglas del juego”.

La búsqueda del consenso

La democracia, como el menos malo de los sistemas políticos (Churchill) o la forma de contar cabezas sin romperlas (Bryce), es la única estrategia de convivencia humana en la que priva el interés de las mayorías pero se respeta el derecho de disentir de las minorías, las que tienen caminos legales abiertos para poder dejar de serlo eventualmente.

Dentro de este esquema, el papel de los partidos políticos no puede soslayarse. Forman parte de las instancias intermedias entre el individuo y la Ley, y son otra materialización del Estado.

Idea clave 7

Los partidos garantizan la coherencia y consistencia de los planteamientos de los diferentes grupos sociales llámense clases, gremios, grupos de identidad, etcétera y también aseguran la gobernabilidad.

Ahora bien, sólo hasta el Estado contemporáneo encontramos a los partidos como auténticos aparatos de construcción de consenso alrededor de propuestas y personas específicas.

El Estado moderno, siguiendo a Cerroni, no puede desentenderse de esa búsqueda del consenso. Por ello debe concretar el tránsito de un Estado de derecho prescriptivo, ideal hacia un Estado social de consenso y finalmente constituirse en un Estado de cultura, donde las instituciones que le garantizan permanencia están desarrolladas al interior de las conciencias de los ciudadanos, con lo que los métodos tradicionales de coerción directa se vuelven cada vez más superfluos.

A esta propuesta, novedosa en su planteo formal aunque evidente para un observador inteligente, se agrega la virtud de Cerroni de eliminar los adjetivos ideológicos para así decantar el método democrático, con lo que facilita la comprensión de nuestras sociedades del nuevo milenio, que están renegando crecientemente de los esquemas extremos y enfrentados.

El actual proceso de globalización de la economía mundial, realidad innegable, empuja a la adopción de propuestas políticas tan flexibles y casi homogéneas que hacen temer un movimiento incontrolable de reflujo, con extremismos y búsqueda de la heterogeneidad étnica o religiosa, como los que se viven hoy en la Europa oriental, el Islam y las regiones exsoviéticas.

Ahora bien el consenso, según Sartori, es una actitud pasiva y más bien implica una aceptación por parte de la mayoría pues siempre hay cierto disenso, aunque no se exprese.

Idea clave 8

La necesidad de acuerdos consensuales se desprende de la búsqueda de legitimidad que caracteriza a la democracia. Esa legitimidad garantiza la autoridad y con ésta se apuntala la cohesión del grupo.

En este sentido, Anthony Arblaster critica el hecho de que el gobierno de consenso sea asociado con la democracia, pues “no es requisito que un gobierno sea democrático para que el pueblo otorgue su consenso” (1991:137), aún tratándose de tiranías.

Por ejemplo, los gobiernos autoritarios han recurrido al recurso del referéndum para legitimarse desde que Napoleón III inauguró esta costumbre. Pero es bien sabido que un tirano no se arriesga a un escrutinio de este tipo sin tener la seguridad de ganar.

Tal vez la única excepción a esta regla haya sido el referéndum a que se sometió Pinochet hace pocos años y que le obligó a permitir el regreso de la democracia en Chile.

El consenso bien puede partir de la imposición de instancias autoritarias el gobierno, el ejército, la escuela, los medios de comunicación y se puede construir o falsificar una actitud hacia una cuestión específica. Tan sólo recordemos los consensos logrados por la maquinaria propagandística del nazismo en torno al “problema judío” o a la “cuestión polaca”.

De igual forma podríamos citar la penetración ideológica del franquismo en las generaciones jóvenes españolas en las décadas de 1950 y 1960, o la alienación anticomunista de las clases medias norteamericanas durante la guerra de Corea.

Los gobiernos con problemas serios de legitimidad, sobre todo en cuanto a la forma de su acceso al poder, suelen luchar para atraerse la simpatía popular y convertirse en gobiernos por consenso.

Uno de los mejores ejemplos en México lo fue el gobernador Fernando Baeza, de Chihuahua (1986-1992), quien logró superar su debatida elección, producto de un fraude, y ganar popularidad a posteriori.

El propio presidente Carlos Salinas (1988-1994), carente de imagen carismática y personificando a la misma clase política que había sumido al país en la peor crisis de su historia, debió conquistar su legitimidad ya en el poder por medios diferentes a los electorales.

Igual sucedió con el gobernador interino del estado de Guanajuato, Carlos Medina (1991-1995), cuyo acceso al poder fue producto de una negociación postelectoral, y que tuvo que construirse una imagen cordial que le hiciera aceptable ante propios y extraños, en una urgente construcción del poder basado en el consenso.

Ahora bien, la construcción o incluso la invención del consenso se ve potenciada en la medida en que, dice Arblaster, el gobernante se muestra sensible ante las necesidades de su pueblo.

En este sentido, las democracias “jóvenes” tienen a su favor la ventaja de la presencia más inmediata y tangible de sus líderes ante su comunidad. La legitimación y el apuntalamiento consecuente del poder pueden ser conseguidos por medios extraños al sufragio; esto, sin duda, en demérito del proceso democrático formal, pero ¿hasta qué punto se les puede considerar como recursos antidemocráticos?

Conclusiones

La discusión sobre la democracia contemporánea cobra un especial significado en el contexto de la democracia mexicana, todavía imperfecta e inmadura. Este modelo comparte los elementos más formales de la “democracia prescriptiva” de Sartori, pero se alejan por las sinuosidades de la realpolitik a la mexicana.

Los “intereses últimos”, claros solamente para una élite del poder, han determinado y deformado los canales de manifestación de la voluntad popular, que continúa supeditada a la autarquía real del sistema político central que impera sobre el país.

A través de este módulo hemos visto cómo los tres autores referenciados mantienen posiciones relativamente dispares ante el mismo tema de la democracia.

El británico Arblaster es el más liberal en sus juicios, sobre todo en relación a las democracias no muy bien reputadas como tales, cuestionando la pretendida validez universal de los esquemas democráticos. La democracia aparece ante él como un medio para llegar a un fin: el desarrollo armónico de las potencialidades del hombre-ciudadano, para lo cual es indispensable que el poder económico sea balanceado racionalmente por el político.

La convivencia entre la democracia política que no social y el sistema económico monopólico capitalista puede ser difícil al enfrentarse valores intangibles con tangibles, el interés del largo plazo y el inmediatismo, la solidaridad comunitaria y el egoísmo interesado.

Con todo, el método democrático permite combatir las necesidades materiales gracias a la conquista de espacios de decisión o influencia por parte de los grupos con carencias.

Los dos italianos son sin duda los más sugerentes e innovadores en su acercamiento a la democracia de fin del siglo XX. Sartori, sin duda, aporta el esquema conceptual más consolidado y coherente, pero muy sujeto a un pragmatismo que en muchas ocasiones se antoja ajeno al espíritu democrático.

Su insistencia en guardar un equilibrio dinámico entre la democracia formal y la real, entre su concepción prescriptiva idealista y la descriptiva factual , le orilla a proponer alternativas de toma de decisiones que fácilmente pueden caer en esquemas autoritarios; es el caso de sus comités de participación restringida, que él encuentra como una de las mejores opciones para el abatimiento en los costos y riesgos de los mecanismos democráticos.

Sin embargo, sólo en Umberto Cerroni se puede encontrar la propuesta más acorde al inédito escenario que se está desarrollando a comienzos de un nuevo milenio en un mundo que ha renunciado a los extremos ideológicos, pero que se está reencontrando con conflictos que se suponían ya superados, como lo son las diferencias étnicas y nacionales, el tribalismo y el fundamentalismo religioso.

Cerroni no divorcia la ética de la política, como sí se puede percibir en el pragmático Sartori. Plantea la construcción de un nuevo sistema de valores democráticos, a los que se sujeten las nuevas normas y los nuevos procedimientos.

Ese sistema rescatará el mosaico de intereses de una sociedad cada vez más compleja, pero también más homogénea en sus aspiraciones hacia el poder y la representación. Un nuevo esquema de valores que se desprenda de vicios de la democracia no participativa y autoritaria de la primera mitad del siglo XX y que le permita al ciudadano y al conjunto al que se integra superar el miedo a la libertad.

Idea clave 9

La nueva discusión sobre la democracia promete generar opciones de participación social novedosas, que permiten alimentar nuestro optimismo sobre el futuro de la opción política que se plantea ahora, ya no sólo como la mejor, sino como la única alternativa para el logro de una mejor convivencia humana aunque esto entre en franco contraste con la circunstancia de subdesarrollo político en que aún se debaten algunos países.


Contenido complementario 1

En el sentido que le otorga Kuhn (1982: 248 ss), como el equilibrio dinámico entre pensamiento convergente y pensamiento divergente, que alimenta, en una primera etapa, el proceso acumulativo del conocimiento hasta que la tensión finalmente desata un rompimiento y se produce una revolución científica, con el consecuente abandono de paradigmas, tal como lo estamos viviendo en las ciencias sociales.

Contenido complementario 2

Soberanía, representación, autoridad, ley, sufragio y contrato, según Cerroni (1991:26)

Contenido complementario 3

A partir de entonces, nociones más dinámicas y relacionadas con los medios de subsistencia, como explotación, dominio, revolución, clases sociales, etcétera, se incorporaron al lenguaje usual de la discusión política en los países capitalistas.

Contenido complementario 4

Noción que se había extrapolado mecánicamente a todos los modos de producción (Engels 1975: 259), aunque por ello fue también blanco de las críticas de los postulantes de esquemas particulares a modos de producción diversos al capitalismo, como K. Wittfogel, V. Chayanov, T. Shanin y E. Wolf.

Contenido complementario 5

Es ocioso recordar figuras fundamentales como Zuccolo, precursor importante de la moderna ciencia política, en opinión de Benetto Croce (Sprigge: 234); Vico; Beccaria; Grocio, pretendido padre del jusnaturalismo (Bobbio y Bovero); Filangieri; Croce, el más influyente filósofo italiano de la primera mitad del siglo XX; Gentile; D’Annunzio, descubridor de Nietzsche para Italia… y Mussolini (Sprigge: 251) Pareto, autor de la “ley de la circulación de las élites”; Gramsci; Mosca, autor de la “ley de la clase política”; Bobbio; Bovero, Coletti, representantes estos dos de la Escuela de Milán; etcétera.

Contenido complementario 6

Utilizo arbitrariamente la terminología del historiador mexicano Enrique Krauze por cierto nunca definida por él como una forma de reflejar el sentido nuevo que pretende Cerroni.

Contenido complementario 7

Recordemos que el mejor ejemplo de una democracia que iba más allá de un sistema político lo encontró Tocqueville en los Estados Unidos, por lo que la denominó “democracia social”.

Contenido complementario 8

Son para él “sucedáneos conceptuales” de la categoría Estado, el “poder” (procesos psicológicos de influencia); el “proceso político” (que pierde las instituciones concretas en el proceso de construcción de la decisión, categoría diacrónico-procesual), y el “sistema político” (que encierra a la política en el circuito del aquí y el ahora, categoría sincrónico-estructural).

Contenido complementario 9

En este sentido, cabe resaltar la importancia que tuvo para la modernización del Estado mexicano en los años ochenta la ampliación de los sistemas de representación proporcional en el poder legislativo y en los ayuntamientos, que sí permiten el acceso de las minorías políticas a esos espacios del poder público. Sin embargo, el sistema presidencialista impide la misma proporcionalidad en el poder ejecutivo, lo que sí sucede en las ramas ejecutivas de los sistemas parlamentarios.

Contenido complementario 10

Pero hay que recordar que, como saben los especialistas en dinámica de grupos, en los conjuntos humanos pequeños inciden factores personales, como la autoridad, la edad, el sexo, la posición social, la educación, etc. que vician la capacidad del grupo para tomar decisiones realmente consensuales

Bibliografía

Arblaster, A. 1991. Democracia. México: Nueva Imagen. Col. Conceptos Políticos.

Bobbio, N. y Bovero, M. 1986. Sociedad y Estado en la filosofía moderna. F.C.E. Col. Breviarios 330.

Cerroni, H. 1991. Reglas y valores en la democracia. Estado de derecho, Estado social, Estado de cultura. México: C.N.C.A.-Alianza Editorial.

Clastres, P. 1981. Antropología política. Barcelona: Gedisa.

Engels, F. 1975. Anti-Dühring. México: Ed. de Cultura Popular.

Cerroni, H. 1991. Reglas y valores en la democracia. Estado de derecho, Estado social, Estado de cultura. México: C.N.C.A.-Alianza Editorial.

Kuhn, T. S. 1982. La tensión esencial. Estudios sobre la tradición y el cambio en el ámbito de la ciencia. México: F.C.E.-CONACyT.

Laski, H.J. 1939. El liberalismo europeo. México: F.C.E. Breviarios 81.

Lenin S.F. (orig.1908). “Marxismo y revisionismo”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso.

Marx, K. y Engels, M. 1973. Manifiesto del Partido Comunista. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.

Lenin S.F. (orig.1918). “El Estado y la Revolución”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso.

Mill, J. S. 1984. Sobre la libertad. Madrid: Sarpe.

Sartori, G. 1974. “Democracia”. en David L. SILLS (dir.) Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales. Madrid: Aguilar. Tomo III.

Sartori, G. 1988. Teoría de la Democracia. I. El debate contemporáneo. II. Los problemas clásicos. Madrid: Alianza; Col. Alianza Universidad 566 y 567, Ciencias Sociales.

Schumpeter, J. A. 1983. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona: Orbis. Biblioteca de Economía vols. 4 y 5.

Weber, M. 1964. Economía y Sociedad. México: F.C.E. 2ª edición.

Sprigge, C.J.S. 1941. “El pensamiento político en Italia”. en J.P.Mayer, Trayectoria del pensamiento político. México: F.C.E. 5a reimpresión, 1985. Págs. 232-257

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de Jonás, 2ª edición.

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de Jonás, 2a edición

Referencias bibliográficas

Weber, M. 1979. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. México: Premiá, La Red de Jonás, 2ª edición, pág. 15.

Laski, H. J. 1939. El liberalismo europeo. México: F.C.E. Breviarios 81, p. 27 ss.

Schumpeter, J. A. 1983. Capitalismo, socialismo y democracia. Barcelona: Orbis. Biblioteca de Economía vols. 4 y 5, pág. 168 ss.

Mill, J. S. 1984. Sobre la libertad. Madrid: Sarpe, pág. 27 ss.

Sartori, G. 1988. Teoría de la Democracia. I. El debate contemporáneo. II. Los problemas clásicos. Madrid: Alianza; Col. Alianza Universidad 566 y 567, Ciencias Sociales.

Arblaster, A. 1991. Democracia. México: Nueva Imagen; Col. Conceptos Políticos.

Lenin S.F. orig.1908. “Marxismo y revisionismo”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso, págs. 20-27.

Marx, K. y Engels, F. 1973. Manifiesto del Partido comunista. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras, pág. 61.

Lenin S.F. orig.1918. “El Estado y la Revolución”. en Obras escogidas. Moscú: ed. Progreso, pág. 281.

Weber, M. 1964. Economía y Sociedad. México: F.C.E. 2ª edición, pág. 739.

Sartori, G. 1974. “Democracia”. en David L. SILLS (dir.) Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales. Madrid: Aguilar. Tomo III, pág, 491.

Clastres, P. 1981. Antropología política. Barcelona: Gedisa, págs. 111-112.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: