Nota de prensa de Anonymous sobre la situación en Egipto y el ataque a webs gubernamentales, 26 de enero de 2011

Anonymous inicia ciberataques a webs del gobierno de Mubarak

 

QUERIDO CIUDADANO DEL MUNDO,

Anonymous no puede y no piensa permanecer inactivo cuando a la gente se le niega sus derechos y libertades básicas. Sin embargo aún hay muchos gobiernos en el mundo que ni siquiera pretenden aspirar al nivel de libertades establecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Estos gobiernos creen que tienen el derecho y el privilegio de imponer a sus propios pueblos “realidades” que de ningún modo concuerda con las verdades de la vida diaria de los ciudadanos. Anonymous cree que esto es un verdadero crimen que no puede quedar impune.

El pueblo egipcio vive en condiciones inhumanas. Se le niegan los derechos básicos de expresión, asociación y libre acceso a la información. Al imponer la censura a su propio pueblo y reprimir esas libertades, el gobierno Egipcio se ha revelado como criminal y se ha convertido en enemigo de Anonymous.

Al gobierno Egipcio: Anonymous combate a todo aquel relacionado con la censura. Anonymous exige que permitan el libre acceso en todo el país a los medios de comunicación no censurados. Si ignoran el mensaje, no sólo atacaremos todas sus páginas web gubernamentales, Anonymous también se asegurará de que los medios de comunicación internacionales vean la realidad horrible que imponen sobre su propio pueblo. Anonymous no se olvidará de nadie que apoye esta represión. Acabar con ella está en manos del gobierno Egipcio: si continuan con la represión se enfrentarán a las protesta popular – escuchen las peticiones de libertad de su pueblo y cesarán las hostilidades.

Al pueblo egipcio: Permanecemos juntos y unidos contra la opresión. Esta lucha no es solo por vosotros, sino por toda la humanidad. Los ciudadanos ya no pueden aguantar más los abusos de sus gobiernos. Si la amenaza de opresión nos empuja a ello, nos haremos oir tal alto como demonios, y cuando el pueblo ruge un escalofrío recorre la espalda de quienes sofocan nuestra libertad y nos quitan nuestros preciados derechos.

Anonymous son vuestros hermanos y hermanas, vuestros hijos e hijas, vuestros padres, vuestros amigos sin importar la edad, el sexo, la raza, la religión, la etnia o el lugar de nacimiento. Anonymous sois vosotros. No os negarán el derecho a la libertad de expresión, de prensa, de asociación y vuestro derecho universal al acceso libre a la información, en la realidad y en internet.

Uníos a nosotros en el IRC – irc.anonops.ru #opEgypt  ¡Uníos a nosotros en la batalla por la libertad mundial de información¡ Kahlil Gibran dijo una vez que “la vida sin libertad es como un cuerpo sin alma y la libertad sin pensamiento es como un espíritu confuso… Vida, libertad y pensamiento son tres en uno, eternos e imprecederos”

Somos Anonymous.

Somos Legión.

No perdonamos

No olvidamos.

Espéranos.

 

Funcionarios de la Junta

Andalucía o el enchufe como forma de vida

I

Juan José Gómez. Después de las noticias sobre las movilizaciones de los funcionarios ante el decreto-ley de reordenación del sector público andaluz he participado en varias discusiones con amigos, unos funcionarios y otros no, y comienzo a darme cuenta de las verdaderas implicaciones que tiene el asunto. No solo me refiero a los perjuicios profesionales causados a los funcionarios de carrera. A uno de estos muy buen amigo mío le decía que estoy de acuerdo en que debe primarse el esfuerzo y la preparación en el acceso a la función pública y saludo a los funcionarios que se han manifestado en defensa de este principio. Pero también digo que para mí la Junta es una institución detestable, una verdadera maldición que ha caído sobre el pueblo andaluz de la misma manera que antes caía la fusta del señorito, dirigida por una panda de granujas triunfadores y encima se vende como encarnación de la libertad y el autogobierno.  La mantenemos con nuestros impuestos y nos da mucho menos de lo que recibe de nosotros. Se trata, así impresionísticamente, de un sitio con muchas mesas donde nunca hay nadie. Nunca cumple sus plazos y muy pocas veces resuelve objetivamente, los funcionarios gozan de privilegios y relajos que no son de recibo y el ciudadano está en una situación de completa indefensión ante sus arbitrariedades. Yo nunca he echado una convocatoria a la junta que hayan resuelto en más del doble o el triple de su propio plazo y sin chanchullos. En todos sitios te vacilan, en todos sitios pasan de ti. Y eso no se justifica diciendo que para eso te has estudiado un tocho, dos tochos, tres tochos, lo cual no niego, pero me maravillo de que después de tanto tocho la mayoría de los funcionarios con los que trato yo como usuario no sepan literalmente hacer la o con un canuto.

En fin, a lo que iba, jamás visto nunca una manifestación de funcionarios exigiendo eso: que la Junta funcione como sus propios papeles dice que tiene que funcionar.

 

II

Por otra parte me interesaría discutir sobre el papel del empleo público estable y generosamente retribuido en el mantenimiento de las relaciones de poder y las estructuras de clase en Andalucía. Creo que el debate sobre el acceso a la función pública aquí no puede plantearse en los mismos términos que en otros países, mediante paralelismos mecánicos dado que en niguno de nuestro entorno la relevancia social del funcionario es tan patente. Y ello se explica porque en ningún sitio civilizado de Europa existe un 30% de desempleo. Todo el debate sobre la cuestión del empleo público debe ponerse en relación con este hecho y creo que iniciativas tales como la de Manuel Chaves de ligar las retribuciones a la productividad o la encendida defensa del empleo público como prestador de servicios universales por parte de representantes de la izquierda cono Vicenç Navarro  echan balones al Kalistán o yerran el tiro de manera irremediable.

El empleo público es el tesoro más preciado, el que todo el mundo quiere, y por eso es la herramienta más importante de control social de la clase burocrático-corporativa dirigente. De modo que el asunto no puede plantearse de la misma manera que en países donde existen niveles de desempleo muy inferiores y muy superior movilidad laboral. En esos lugares la función pública va mucho más ligada a la vocación y el propio empleo público no es la única ni la mejor manera que tiene el ciudadano de a pie de acceder a una vida decente. En Andalucía y el resto de las regiones meridionales el empleo público tal como está planteado es una herramienta muy eficaz de división de la clase obrera y de control social. Me acuerdo de una cita de Mussolini, al que alertaban sobre el gigantesto e inútil aparato burocrático en las regiones meridionales de Italia y el decía que estaba puesto a propósito, porque no había nada más y si no existiese la gente preparada iría irremediablemente al paro y a engrosar las filas de la oposición. Nosotros también somos romanos de una romanità mussoliniana. Ahora hay medio millón de funcionarios en Andalucía y no he sido capaz de encontrar datos sobre el total de opositores aspirantes a tal condición en el conjunto de las administraciones, pero sospecho que serán cientos de miles y en general se trata de la gente más cualificada. Muchos, por tanto, son los llamados y pocos los elegidos. Mientras tanto todo el chiringuito forma un palo con la zanahoria cada vez más manida.

Aquí está Rodas

Juan José Gómez. “Radicalismo”, “reforma” y “revolución” son términos que han permanecido unidos mucho tiempo, en un juego constante de afinidades y oposiciones, y todos juntos, conforman sin duda un tema de conversación en cualquier debate político “alternativo” contemporáneo. En su acepción más exacta, el radicalismo consiste en “ir a la raíz de las cosas mismas”. La revolución se identifica con connotaciones “extremas” de la actitud radical e implica no comprometerla nunca: si la reforma supone negociar desde la radicalidad un programa indefinido de microcambios, la revolución deriva esos microcambios de una acción contundente dirigida contra la línea de flotación del sistema, los verdaderos resortes de poder. Más allá de esto, el reformista radical rechaza los riesgos o “daños colaterales” del radicalismo revolucionario, mientras el revolucionario entiende que una reforma “radical” deja de serlo en tanto en cuanto se extiende indefinidamente en el tiempo sin llegar a afectar la integridad del sistema como tal.

Por muchos reformismos superficiales que hayan existido, no toda reforma puede entendersea priori como no radical y superficial. Tampoco toda revolución puede entenderse como irresponsabilidad militarista y necrófila, por muchos huevos que se hayan roto para hacer las tortillas de la historia. En realidad, son términos que parecen contradictorios en sí mismos, puesto que ni las reformas ni las revoluciones superficiales son realmente tales.

La diferencia entre reformismo y revolución radicales parece más bien táctica que estratégica: porque tiene que ver con los medios más bien que con los fines. La acción política radical depende esencialmente de las condiciones en las que tiene lugar y no de los objetivos. Toma un camino u otro en la realidad histórica, a posteriori, dependiendo de la reacción del entorno. Quizá Gramsci ofrezca la descripción más adecuada del proceso en su caracterización del fascismo, cuando explica que la toma del poder institucional es la culminación de un programa radical que previamente se ha hecho hegemónico y mayoritario. En ese momento tiene lugar la respuesta violenta de las clases dirigentes ya derrotadas en la batalla incruenta de las ideas y del consenso general, de modo que toda actividad violenta revolucionaria consiste esencialmente en un acto de autodefensa ante la reacción en la cual la claudicación o la derrota conducirían inexorablemente al abandono del programa radical.

El radicalismo revolucionario, un tipo de táctica política que corresponde a la aplicación del programa en ciertas condiciones históricas concretas, es algo sustancialmente diferente al revolucionarismo sin objeto y superficial. Me viene a la cabeza aquel eslógan “Guerra, única higiene del mundo”, con el que Marinetti buscaba teorizar su “revolución fascista”, (expresada después en forma filosófica por la teoría del actualismo de Gentile). Y también la novelaHombres y no de Elio Vittorini, que cuenta cómo el partisano Enne 2 arriesga su vida en misiones suicidas durante la ocupación nazi de Milán, empujado a la vez por su “compromiso revolucionario” y la desesperación de un amor imposible por una joven casada con un jerarca fascista. Hay un episodio en el que la pareja se esconde de una redada en la casa de la anciana comunista Selva, quien pregunta a la mujer:

‘Una persona es feliz si tiene a alguien. […] “¡Por Dios!”, dice, “La gente tiene que ser feliz. ¿Qué sentido tendría lo que estamos haciendo si la gente no va a poder ser feliz? Dilo tú, muchacha. ¿Tendría sentido lo que estamos haciendo? Nada en el mundo tendría sentido. ¿Tendrían sentido nuestros periodiquillos clandestinos? ¿Tendrían sentido nuestras conspiraciones? […] !Y los nuestros que han sido asesinados¡ ¿Habrían tenido sentido? No. No. La gente tiene que ser feliz. Todo tiene sentido sólo si la gente es feliz. Dilo tú también, muchacha. ¿Acaso no es así?’

Vittorini examina la relación entre la vida diaria de los personajes y las metanarrativas de emancipación política, denunciando el sufrimiento que causa a la gente común el fanatismo ideológico, desde la radicalidad del comunismo proletario selvático del “ser feliz”.

II

Engels escribe en el Anti-Dühring que “la alteración cuantitativa modifica la cualidad de las cosas de que se trata, con lo que […] la cantidad se muta en cualidad, y a la inversa.” Precisamente, la comprobación empírica de ese cambio cualitativo es lo que valida o no el carácter radical de cualquier política, independientemente de la táctica empleada. Algo así creo que dice también el eurodiputado verde Alain Lipietz en su artículo El reformismo radical de la ecología política”, cuya traducción ha publicado Paralelo 36, cuando defiende los logros de su negociación parlamentaria (“35 horas, paridad, Pacto Civil de Solidaridad, parada del Superphénix, del canal Rhin-Rhône, etc…”) ante interlocutores de la izquierda “inmovilista”, presentados en su caso de modo algo caricaturesco. En otro lugar del mismo artículo, Lipietz enumera también los puntos fundamentales del programa de “los revolucionarios reales del siglo XX” (el pan para el obrero, la paz para el soldado, la tierra para los campesinos) concediéndoles la radicalidad de su momento. Distingue así entre radicalidad contemporánea y radicalidad histórica pero, en ambos casos, estas conquistas no son algo separado y por encima de los objetivos globales radicales, sino formando con ellas una cosa sola y desplegándose en el tiempo de modo que el discurso verde aparece como heredero contemporáneo del discurso marxista revolucionario del siglo pasado, incluso ante sus propios epígonos: la izquierda testimonial-maximalista-burocrática, el protestariado incapaz de conseguir ningún avance tangible en el aquí y el ahora.

Apesar de sí mismo, lo que parece decir Lipietz es muy marxista: “Aquí está Rodas, salta aquí”, en una especie de crítica del socialismo utópico (y por ese mismo camino quizá podrá extraer para el futuro, una lección práctica de porqué el poder está barriendo ahora sus pequeñas conquistas de un plumazo). La utopía (no lugar), puede entenderse de manera abstracta, como algo separado y ajeno al mundo real, o bien desde una perspectiva objetiva (en tanto incorpora también la variable temporal) y, por tanto, afirma la condición de su posibilidad por medio de la acción histórica consciente. Lipietz se desmarca, sin embargo, de la pervivencia contemporánea y caricaturesca de la “la utopía abstracta” socialista, que relaciona con el “productivismo” industrial, modelo económico extemporáneo que comparte con el capitalismo su objetivo de crecimiento indefinido: el programa productivista del marxismo del siglo XX consistía en generar los bienes necesarios para la satisfacción de las necesidades de las masas proletarias, y el programa ecologista del siglo XXI, la economía decreciente, consiste en desembarazarse de la sociedad del consumo estúpido y ser “naturalmente” uno mismo, algo así como un nuevo estoicismo.

Los revolucionarios del siglo XIX y XX también se batieron para que cada persona tuviese lo indispensable como base para desarrollar su propia humanidad; pero es cierto que las políticas que continúan hoy día reivindicando la acumulación indefinida de bienes materiales en nombre del bienestar de las masas (la socialdemocracia, o centro-izquierda), han invertido su significado y no son más que un subproducto de la sociedad de consumo. Sin embargo, las cuestiones planteadas por la izquierda clásica no pueden perder su validez relativa mientras la humanidad se enfrente a los dilemas radicales del tener y no tener, existir para sí y existir para otro. En realidad, hoy en día el modelo de decrecimiento ecologista no es incompatible con el de cierto crecimiento productivista selvático, para el que “ser feliz” es el resultado radical de la producción humana: ser para sí y no para otro. En los tiempos de Selva consistía en algo así como “el pan para el obrero, la paz para el soldado, la tierra para los campesinos” -como cita Lipietz- que por entonces eran los puntos de partida para una vida libre y feliz. Hoy quizá consista en liberarnos de la pesadez del trabajo, del productivismo acumulativo capitalista, para consagrar nuestra existencia al amor, la amistad, las ciencias y las artes en armonía con nuestro entorno y nuestros semejantes, como adelantó Paul Lafargue en El derecho a la pereza. La izquierda selvática y proletaria combate la falsificación socialdemócrata y stajanovista y busca el productivismo de la felicidad, que cuanto más se gasta, más aumenta, al revés que el dinero.

Y además de nosotros, hay más: en la constelación de movimientos liberadores en acto, incluyendo trabajadores, estudiantes, movimientos indigenistas, mujeres, marginados, desempleados, ecologistas, precarios, intelectuales no conformistas, se percibe desde la radicalidad una identidad de base que, en la práctica, puede expresarse de modos y perspectivas diferentes e igualmente verdaderas. La coincidencia de sus fines radicales es simplemente negativa: el “gran rechazo” a no ser para sí, sino para otro; negarse a pasar por la historia como un simple instrumento. Gran rechazo que potencialmente puede confluir en un programa, en objetivos concretos y compartidos, sin que sea necesario ni recomendable que cualquiera de estos grupos imponga la superioridad administrativa de su discurso sobre el resto: “la cooperación de muchos, la fusión de muchas fuerzas en una fuerza total, engendra, para decirlo con las palabras de Marx, una ‘nueva potencia de fuerza’ esencialmente diversa de la suma de sus fuerzas individuales”. (Engels, Anti-Dühring).

 

El ardid de la razón política

Entrevista con el escritor Mujammad Nafa’h, secretario general del Partido Comunista de Israel

Esta entrevista será publicada próximamente en Mundo Obrero, órgano del PCE

El Partido Comunista de Israel y su frente Hadash (Frente Democrático por la Paz y la Igualdad), fueron las únicas fuerzas politicas en ese país que se enfrentaron a la masacre perpetrada por Tzahal, las fuerzas armadas israelíes, el pasado mes de enero en la Franja de Gaza. Lamentablemente, la “gran prensa” no ha reflejado la magnitud de la protesta contra la guerra dentro del Estado de Israel. Una gran manifestación realizada en la ciudad de Sajnin a iniciativa del Comité Representativo Superior de la población árabe-palestina en Israel, a la semana de desatada la criminal ofensiva con la partipación de 130 mil manifestantes y la realizada al otro día, en la ciudad de Tel-Aviv, con 20 mil manifestantes que muchos llevaban la bandera roja, demuestran lo masivo de la movilización que no cesó, en todo ese pais mesoriental, durante esas tres semanas. Con el fin de interiozarmos con las posiciones de los comunistas israelies, Mundo Obrero ha entrevistado al Sec. Gral. de ese Partido, el escritor Mujammad Nafa’h, originario de la aldea drusa de Beit Jan, y realizada en los locales partidarios en la ciudad de Haifa el último dia de enero.

El Partido Comunista de Israel conmemora este año su 90 aniversario. Anteriormente Partido Comunista palestino, desde fines de la década del 40 del siglo pasado, fue la cuna de tres organizaciones: el Partido del Pueblo Palestino y los partidos comunistas jordano e israeli. El PCI tiene una fracción parlamentaria de tres diputados en la Knesset (el parlamento israeli), varios alcaldes, entre ellos de la “capital árabe” de Israel, la ciudad de Nazareth donde gobierna desde hace 32 anos, una importante presencia sindical y estudiantil. En las ultimas elecciones municipales realizadas en noviembre, el diputado comunista Dov Khenin sumo el 36 % de los votos en la ciudad de Tel-Aviv frente alcalde laborista que recibio el 51%. El PCI reivindica marxista-leninista, es el unico en Israel en cual militan indiscriminadamente judíos y arabes, y publica el único matutino comunista en lengua árabe del Medio Oriente: “Al Itijad” (La Unidad) y un semanario en hebreo: “Zu Haderej” (El Camino).

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